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Cráneo #33: Diego de Ávila

21 Jul

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Diego de Ávila (Maldonado, Uruguay, 1984)

Vive en Montevideo desde el año 2002. Formó parte del proyecto Milcuernos, revista literaria mensual de distribución gratuita (2002-2004; 29 números), y .Txt, escritura reciente del Río de la Plata (2006-2007; 11 números. Y 2009-2010; 12 números). Organizó los encuentros anuales de artistas varios Etcétera. Fue integrante del grupo Editorial Mental, con quienes ha publicado: Bagrejaponés (Editorial Mental, 2010), y Piedra del sol de noche (Editorial Mental, 2011). Participó en los eventos perfomáticos Droguen al poeta, presentados anualmente en Mingus Bar, Mundial de poesía, y Mercado Negro. Sus textos aparecen en la antología venezolana de poetas uruguayos Los hijos del fuego (El perro y la rana, 2010), en la revista Brasil 2014, coordinada por Sandra Santos, y en la antología de poesía iberoamericana Más instrucciones para el años XIII, de Manuel Barrios. Próximamente se edita su libro Ecuador por la editorial Trópico Sur.


 

 

 

Primero escribo mal. Pero luego crezco
y capto el espíritu y lo corrijo. Me lleva
muchísimo tiempo, y es una experiencia pesada
como un buey, como una densidad
de la comida.
Y luego lo corrijo cuando soy un afluente
pero no me enorgullezco.
¡Si he tenido mis días!
Y al final era demasiado
o sino poco.
Me enorgullece que sea lo mismo
si después corrijo lo que acabo de decir
y tengo mis días otra vez.
Cuento que me fue bien.
El relato que contamos cuando se hace
de día.
Y decimos no más: amaneció.

 

 

*****************************************

 

 

Llevo un año sin pescar.
Un año entero en aguas y tiempo extraterrestres.
Por qué bajé hasta aquí, no tengo idea.
Escribo en una mesa de piedra,
canteros difusos, llevo un camino de agua polvorosa
sobre el pensamiento árido de los granjeros
(me provocan, siembran soja durante kilómetros):
te explica lo que me hizo dudar, inquietarme en otra dirección;
te explica las antenas que tiene el campanario del monte
muchos kilómetros hacia adentro
sin agua, sin moscas, sin amor, sin caminar.
El campanario me reconoció y silbó.
Fue así que hice algo muy esperado por mi generación:
creí en el malvivir del año próximo, lo medité
al final del año, los estallidos,
las promesas dedicadas a los otros
me las dije, después de cerrar la boca pensé:
¿Por qué voy a pescar?, vivo colgado de los camiones,
no tengo sal ni arena en la boca,
miro en los desiertos dos cielos a la vez.
¿No es maravillosa la pirámide que construí para la tragedia
de una mitología sin cabeza?
¿No es maravillosa la enredadera
que molesta el paso de las aves?.
¿Yo cantaré por ellas? Cuando el sol se levante,
a la caída del cielo,
cuando la mañana llegue exhalando
para cambiar las cosas de lugar,
yo diré: viví durmiendo toda la noche.
Cuando oigan la campana de piedra,
pregunten por el ruido marítimo, pregunten
por el año del pescador: ¿por qué,
por qué? De ti habla siempre la fábula,
me dicen los agricultores y los recolectores
delante del monte reseco.

 

 

*****************************************

 

 

 

Sigo presintiendo cosas de las noches de verano.
Y observo que afuera, en una palmera dentro del campo
las contingencias que se viven de una sola manera
saben que el verano no se acaba
para lo demás, cuando cierran a las doce mis propias horas
de andar a pie por la carretera. Anduve
por las montañas que rodean la ciudad,
un río alrededor de un pueblo,
el aire de la madrugada que me sigue mientras
escribo y hablo sobre una palmera.
Presiento que me pasa algo.
Memorizo palabras para el carnaval, e inauguro una muestra hoy;
llego abrazado de una mujer, y me expongo para que digan,
para que me pregunten sobre el final de mi país,
una parte que conocí cuando me iba;
todos mis amigos, que se quedaron,
no saben de lo que estoy hablando,
y cuando se los cuento,
echan a correr viajes interiores, huyen de mí,
lo sé porque nací con ellos y los he visto crecer
en diferentes casas,
y un día regresé y jamás les creí
que hubiesen cambiado: nunca se terminarán.
Les pregunté: ¿se han interrogado
cómo es posible que un viajero que vuelve
de su carretera siga siendo el mismo vestido con otras ropas,
hablando el idioma de los enemigos?
Soñaban, soñaban serenamente; lo sé porque dormía
con ellos desde tiempos muy antiguos.
Me iba. Les mandaré fotos desde el campo sin ondulaciones.
Presencié una palmera con la que estoy obsesionado,
les voy a mandar un foto de eso desde allá.
A vos te llegará una carta un día miércoles;
a vos, a vos más, sin cara y sin gestos,
porque así se hace,
trataré de recordarte para toda la vida.
Ramas celestes se quedaron a dormir.
Enero.
Ramas en el pelo, ramajes en la casa
de mi reiteración:
vos sos Diego de Ávila, en esta ciudad de tierra,
yo vivo aquí, yo soy Altura aquí en un cerebro como nunca lo viste
entonces Diego de Ávila de ciudad natal en el centro,
seguramente oíste que, no
-le dije que jamás había vivido en el centro de algo,
me recordó una vendimia donde mis amigos se despedían de mí
sin celebrarme. Ahora entiendo que ellos
eran los celebrados, y no hubo respetos de mi parte,
mientras les hablaba de la carretera
estaban ya muy lejos, apretados
entre los muros de un pasillo de su espíritu mental,
en el análisis de retorno al pico
de la montaña brumosa que levantaran
Cinco Sueños en una sola noche.
Yo y mi mujer mirábamos absortos. Yo,
porque la miraba de pronto y comprendía las cosas que habían a su alrededor;
ella, porque entendía, me miraba y me sacaba fotos,
el foco aplicado contra el pecho,
todo borrado
el campo traviesa. ¿Se han interrogado
sobre las brumas que les quedan a las cosas mal logradas?
Verán que a todo lo llamarán igual, como a mí.

 

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