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Cráneo #80: Martín Zúñiga Chávez

16 Ene

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Martín Zúñiga Chávez (Cusco, 1983)

Poeta y escritor. Es una de las voces con mayor proyección de la nueva poesía latinoamericana. Su obra ha merecido varios premios: su libro Gavia obtuvo el Premio Internacional de Poesía Ángel Martínez Baigorri en España; y el poemario Pequeño Estudio sobre la Muerte recibió el Premio Internacional de Poesía Cope de Plata 2010. El año 2011 gana el Premio Internacional de Poesía Joven Martín García Ramos en España y en Perú el Premio Nacional Juvenil de Poesía Javier Heraud ambos por el poemario Cover, reeditado en Ecuador este 2015 por Mecánica Giratoria. Colabora en medios nacionales e internacionales como columnista y ha publicado diferentes cuentos y ensayos. Es editor de Conde de Lemos servicios editoriales, organiza el Festival Internacional de Poesía Ari Quepay y dirige urbanotopia, catálogo de poesía peruana contemporánea.



CANTUCHO CANESCO

 

Clandestino
El cuerpo posee en rededor su fuerza; en su interior, la furia.
Cuando la furia y la fuerza entran en contacto, nace la palabra.
Palabra donde en las ramas de una higuera erguida sobre las tablas del escenario
está mi amigo, enredado. Las lanzas lo han atravesado. Las flechas
lo han herido; han alcanzado su fuga moral
su carrera de caballos rabiosos, de nuevo extranjero, de nuevo anormal.

En el fondo ella rogaba para que no lo alcanzaran, para que pueda huir sin daño.
Temía, es verdad, su propia cólera de virgen usurpada.
Pero no tanto.
Teme mucho más al pueblo borracho de envidia, denojos
contra su hermano, el príncipe violador.
Un argumento viejo, pero qué bien la pasa el pueblo viendo sufrir a la realeza.
Al final una escena un poco recargada de sentimentalismo acerca al padre a la higuera.
Abraza el cuerpo de su hijo, lo descuelga
mientras en la ventana instalada en la esquina
izquierda del escenario
desnuda, ella
llora.

Aplausos. Aplausos.

Dos horas después ella va metiendo su imagen en el espejo
Deteniéndose en contemplar cada curva, cada arruga, cada médano.
Una camisa de algodón, un pantalón ligero
y se acuesta a leer un libro casi por compromiso. Yo la atisbo por las cortinas
de su cuarto. Pequeña ceremonia de cercanías
entrelazada con mis signos cilíndricos e invencibles en su jardín de virgen.

No hay nada nuevo en este argumento. Tal vez sólo ella.
Si fuese el osado hermano yo tampoco
tocaría a la puerta, en silencio treparía los muros y llegaría a ella
que no es princesa, que no es nueva, que no es ella.

¿Qué es lo que sucede ahora en esta higuera?
Oculto en las barricadas de mis excusas me quedo sentado
un rato más, hasta verla apagar su lámpara roja
y se acurruque para dormir.
Los silbatos de los centinelas se multiplican en cada esquina y s’encorva mi espalda asustada,
besa su propia imagen en la sombra.
Les gustaría, lo sé, hallarme agazapado detrás de mi cigarrillo, sacarme a la luz
lincharme aturdido entre gasolina y escupitajos.
Sin furia, mi fuerza consist’en llegar al final de mi cigarrillo.
Torear, como si fuesen monstruos mirándome desd’el fondo destos versos,
los silbatos de los centinelas, las gracias suicidas de los conductores a las 3 de la madrugada
hasta llegar a mi propio cuarto, en donde oculto una nube del infierno.

No te equivoques. Yo soy un gran lugar común.
Desnutrición y analfabetismo.

 

 

 

 

 

 

 

BALADA PARA EL AMENAZADO CON EPIFORA Y AFORISMO CHAMUSQUEADO.

 

Pájaros de eucalipto arden dentro de sus paredes.
Paredes de carne y de sal. En la primera epístola a los tibetanos el apóstol habla
sobre el sonido en la inmersión del agua y del fuego.
Bolas de fuego cayendo sobre la muchedumbre intrigada.
Bolas de fuego que no les queman; habla

de cómo el agua le teme al fuego, aunque no debería,
de cómo el fuego le teme a la arena, la arena al viento
que la amontona y la separa.

Lo compara con la armonía de las flores y de los insectos repudiando el apetito de la carne.

Abre en su narración un paréntesis: habla de un viejo romano
que antes de cierta batalla, olvidada ya por el tiempo,
tomó agua. Si voy a tener sed, ya la tengo, dijo. Y mató a unos cuantos antes de
seguir la senda de Arquíloco.

En esta historia aves de eucalipto se postran dentro de su pelo
y todas las verdes criaturas de la tierra y del agua.

Si me quedé a almorzar al borde de la laguna,
si me quedé a ver a un caimán apareándose bajo un lejano trueno,
si me quedé fue casualidad. Y ataraxia.
Y pocas monedas para tomar el tren —¡tan literarios siempre los trenes! —
adecuado para llegar a casa.

En esta historia rondan otra vez la soledad y el frío que es su apariencia.
Luna herida en mi talón a la manera de una metáfora, de un artilugio accesorio, innecesario.

Adorna así la verdad con mentiras y lo llama belleza,
porque sabe que la gente cree disfrutar
de la sorpresa al encontrar un león en mitad del camino.
A los ocho años, en la clase de gramática, su padre de un sopapo le enseñó
el orden cierto de las cosas
que conocía por sus ancestros.
Cosas importantes para un hombre de bien, no para mí, respondió.

Si el sonido de la refrigeradora vacía me acompaña con su canción
de cuna, ¿para qué gasté el tiempo al lado de musarañas?, se preguntaría luego.

Resumamos la cuestión: es delicioso y tentador no hacer nada. Gastar mal el tiempo.

En clases de gramática el filósofo pone nombre al juego de equilibrio
entre conciencia y armonía. Síntesis.
La belleza para el gramático es planear el juego. En cambio el apóstol entró en él:

pone un pie sobre la cuerda
y luego otro
y otro.
El gramático recomienda: no mires abajo está el cielo.

Hay un nuevo intermedio donde las vacas se juntan
tratando de hacer casar sus manchas. Es su ingenuidad, heroica.

La verdad se parece a una cuerda tendida sobre el camino puesta ahí más para
hacer tropezar que para guiar a alguien.
Y tentado por las formas sensuales de la vanguardia, quien habla
reconoce no saber consolar a nadie. Se agarra a golpes
con su soledad: mascota olvidada en el aeropuerto, muerta de inanición y pena.

Al año siguiente se escapó de casa. Fue un viaje corto, por cierto.
Pronto olvidó las reglas para escribir cartas.
Su padre debía tener razón al notar algo raro en su hijo:
le es imposible aceptar a las nubes blancas y decide ver azul,
amarillo, bermellón y gris nieve. Falta de sentido común, repetiría el padre.

Luminosos manuales y tratados sobre el orden cierto de las cosas
vendió para regresar a casa. No volveré
no volveré otra vez
no volveré en ratas alimentadas por mis ojos bajo las uñas de mi soledad.
El caimán será devorado no por su pasión, sino por el resplandor del trueno.

El apóstol finaliza su epístola recomendando viajar y no mantener una casa;
incendiar todos los libros
y las paredes en la cabecera de las autopistas. Acostados al costado de las vías
por nuestra cabeza salía el sol, mientras los números del calendario se teñían de rojo.

Encontraron el cuerpo del apóstol detrás de muros tapiados
huyendo de las extraordinarias máquinas del amor.
No encontró defensas que le sean útiles.
No hubiese podido encontrarlas.

 

 

 

 

 

 

OSCURA GOLONDRINA

 

La situación es esta: estoy en casa,
he lavado los platos sucios
juntado al sonido en un cajón del armario
guardado tu porción de cena en una olla
y sin muchas ganas prendí la televisión.
Entonces se ha hecho de día.
Entonces aún no has llegado.
He calentado tu porción de cena
y sin ganas almorzado. mis ojos
se han cerrado, me he despertado casi cada hora.
Limpio un poco pongo el sonido en su sitio
rebusco algo para la cena. serví dos platos
con un mantel nuevo. Han cortado el fluido eléctrico
otra vez y otra vez el mechero la noche y la sed
se encienden. tengo la tentación a ratos de salir a la calle
a esperarte, tomar el sonido entre mis dedos reventados
sentarme en la vereda entre la fría madrugada.
Entonces has entrado por la puerta de moscas,
tirado las llaves y las balas sobre la mesa
encendido el sonido y sin mirarme has flotado
hasta la habitación y luego de tumbarte
sobre la cama poco a poco has vuelto a ser tú
y yo he hecho como si no me hubiese fijado.

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