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Cráneo #101: Juan Camilo Lee Penagos

31 Mar

 

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Juan Camilo Lee Penagos (Bogotá, Colombia, 1982)

Desertor de las ciencias exactas –en su adolescencia representó a Colombia en eventos internacionales de física y ganó concursos nacionales de matemáticas-. En la actualidad es becario doctoral de Colciencias desde 2014 y desarrolla una investigación sobre arte y literatura latinoamericanas en los años 60′. Publicó Ciencias de la mañana en la colección “Viernes de poesía” de la Universidad Nacional de Colombia en 2011. Su libro Voces de Casa fue ganador en el II Concurso Internacional de Poesía Paralelo 0 2015.



 

 

 

IV

En las habitaciones de la casa que recuerdo
el sol forma cuadrados o rectángulos de luz en el piso mientras partículas de polvo flotan y se mueven en el halo dorado que entra por la ventana.

Nadie ha descrito el movimiento de esas geometrías solares a través de un solo día sobre la madera de las casas gastadas.

Aun hay algo entonces que no se está pudriendo en el abandono,
algo mínimo que día a día se repite intacto, invisible y lumínico,
transparentando la invasión de los seres del polvo,
mientras el olvido y el silencio nos conservan ese rincón brillante
como única verdad.

La vida es igual para todo lo que vive:
en los jardines abandonados
también transcurre la savia,
también zumba el insecto,
también se oscurecen las baldosas:
se borran nuestros pasos.

 

 

 

 

 

 

VII

La memoria tiene mucho que ver con el sol:
ilumina y enceguece al presente.
Las imágenes de la memoria
son vitrales que se superponen unos a otros,
que oscurecen la luz que podría atravesarlos
para hacer visibles sus figuras.
Es por eso que lo único innegable es el silencio y la transparencia
de quien,
hundido en una bocanada de tabaco,
de repente
recuerda.

 

 

 

 

 

 

 

X (La demencia)

Tiene algo que ver con aceptar
el tamaño de la estirpe,
su honda decepción, su resignada búsqueda
de cualquier otra cosa.
Es que la rota estrella de sus ojos
buscando un cielo en la carne,
el frío en los vientos,
o cada caricia que olvidaron,
amasan un pan, una sonrisa
para la visita que se quedaron esperando.

La casa doblega la voracidad de las noches y sus puertas cortan los pescuezos de las
sombras que intentan asomar sus hocicos por debajo.

Pero al ser olvidada la casa produce sus propios monstruos:

la inminencia que golpea el lado oculto de las paredes,
que rasca cuando todos duermen desde adentro los cajones cerrados hace años,
las sombras de las aves que cruzan de repente por el patio,
esas voces de casa que la transitan y pueblan más allá del silencio.

Y luego transitar por los lugares recónditos de mi cuerpo, y encontrar allí puertas desvencijadas, esquinas con extraños y diminutos habitantes, absurdas manchas en las paredes, en mi cadáver.

Por dentro las descomposiciones son violentas, las ventanas se rompen, legiones de imágenes se arrastran como cucarachas, mobiliarios ajenos germinan en la sangre mientras el calor de los días ensancha el hierro de las altas puertas a la cordura.

Roto de humedad, acicalado de tristezas sofisticadas,
el aire, el vuelo,
sus pájaros contra la lluvia,
el sol flotando en el jardín no soñado.
Ninguna casa, ningún rostro, ningún aljibe.
Nada. Sólo las esquirlas de los espejos y unas cuantas sillas desvencijadas.
El fértil polvo sembrándose entre las cosas:
baldosas despintadas, manchas en las paredes, arañas, maderas que crujen.

Pero no, no es que cobre algún sentido el deshacerse de la utilidad de cada trozo de madera,
no es que la muerte que puebla cada habitación pueda reemplazar

la brillante estructura de mi biografía:

sucede que la muerte no llega nunca, sucede que la casa siempre estuvo vacía porque era ella quien nos habitaba

 

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