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Cráneo #105: Daiana Henderson

11 Abr
henderson

Foto de Carsten Meltendorf



 

Daiana Henderson (Paraná, Argentina, 1988)

Publicó los libros de poesía Colectivo maquinario (Diatriba, 2011), Verao (Neutrinos, 2012), El gran dorado (Ivan Rosado, 2012), A través del liso (Determinado Rumor, 2013; Neutrinos, 2015), Un foquito en medio del campo (Editorial Municipal de Rosario, 2013) y Humedal (Liliputienses, 2014). Es coautora de las antologías 30.30 poesía argentina del siglo XXI (Editorial Municipal de Rosario, 2013), 1.000 millones. Poesía en lengua española del siglo XXI (Editorial Municipal de Rosario, 2014), 40 velocidades. Colección de poemas en bicicleta (Neutrinos, 2014) y 53/70 poesía argentina del siglo XXI (Editorial Municipal de Rosario, 2015). Co-dirige la editorial Neutrinos, coordina talleres de poesía para jóvenes y colabora como periodista cultural en medios gráficos electrónicos.



Roedor

El niño sacó la dentadura postiza
y llenó de monedas
el vaso de agua, a la orilla
de la mesa de luz de su abuelo.
Estaban más doradas que
ninguna, como pulidas.
Miento. Yo no lo vi,
solamente me lo contaron
y estoy segura de que, además,
la anécdota es mentira.
Pero dejen que me quede
con la filmación mental
de las monedas expulsando
finos hilos de luz
que se atan a las puntas del sol.
No me quiten eso.

 

 

 

 

 

 

Cuerdas vegetales

El abuelo me enseñó a atrapar el aire
con las flores acampanadas de la enredadera:
cerrarlas por ambos extremos
–una bolsita de pétalos–
y comprimirlas en un movimiento
ágil y rápido para que haga
una pequeña explosión,
un sonido simpático, semejante
al del corcho cuando es eximido
de su compacta espera.
Nadie recuerda cómo era la canción
que el abuelo improvisaba después
de abrirte un secreto brillante,
hacerte así en la cabeza
y desplazarse con la manguera
para hacer florecer otro sector.

 

***Textos tomados de Un foquito en medio del campo (2013)

 

 

 

 

 

 

 

Pixeles

La única foto que queda
de los dos es una abrazados
sacada con el celular.
Voy a ampliarla,
a imprimirla en una
gigantografía.
Vernos hechos de pixeles:
partículas de colores
que alguna vez conformaron
una imagen que se parece
a nosotros dos abrazados.
Ahora juntás tus pedazos
—después de la última discusión—
y te vas a armarte a otro lado,
junto a otra, en otro soporte
y en buena definición.

 

***Texto tomado de A través del liso (2013)

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