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Cráneo #107: Ángel Aulestia

26 Abr

angel

 

Ángel Aulestia (Quito, Ecuador 1995)

Estudiante de la Universidad Central del Ecuador.


 

5

 

El ritmo de la vida es directamente proporcional a la sensación de extravío que sentimos cuando alzamos la mirada a esa carrera infinita de nubes que llamamos cielo.

A todos esos relojes habría que darles un sedante en días como estos, hace falta tener bien guardado un blíster de Diazepam para administrárselo a cada reloj que cuelga de cada pared de la casa, los días en que llueve desde muy temprano y tenemos que cerrar las ventanas para que no entren las responsabilidades del mundo real. Sí definitivamente esos relojes que mueven los segundos haciendo sonar las manecillas como si fueran pasitos de un soldado mecánico que nunca llega, esos mismos artefactos desalmados deberían quedarse dormidos en días como estos, así la amargada flecha del tiempo podría acurrucarse con una debajo de las cobijas.

Dos fantasmas se juntan para bailar algo parecido al vals, no es vals, me muevo como si no existiera es extraño y ahora le pinto la cara a una dama que no he visto desde hace tres años, no hay más fantasmas y en su lugar caen apilándose caballitos de goma sobre un montón de sábanas líquidas; creo que es el mar, me acerco y se mojan mis pies, es como si estuviera…

¿Quién llama a la puerta un día como hoy? Y yo que estoy tan calentita con las cobijas sobre mi cuerpo, yo que estoy tan contenta aquí, al menos no han vuelto a golpear, seguramente se han equivocado de apartamento y pronto ha de sonar la puerta un piso más arriba para deleite mío. Eso es, ahí va el vecino, abre, se ríen un poco, “pasa por favor” y la puerta se cierra junto con mis párpados nuevamente. Nunca he oído a alguien negar que el placer de despertar temprano por la mañana y poder volver a dormir sabiendo que no hay apuro en poner los pies en el suelo, es mayor que el placer mismo de conciliar el sueño por la noche. Nadie puede negar que allá afuera hay monstruos tan pequeños como partículas de polvo o tan grandes como oficinistas que le arrancan la cabeza a tus sueños de un soplo y que acá adentro, en tus sábanas, no te tocan sino tus propios pensamientos como te toca el agua del mar cuando flotas. La mayoría concuerda…

Despertar un día que empieza con D es como una sesión de fotos. Hoy no se trabaja, hoy a la ciudad le arde el estómago porque le falta todos esos autos y personas girando y estirándose como plastilina hasta las diez de la noche, además ayer se fue de farra y se le pasó la mano, y una cosa, y otra cosa, y ya sabes cómo es acá. Hoy no estoy curada, hoy no se escribe, hoy no se canta, hoy no se fuma ni se bebe, no se come sano ni se rompe una dieta, no se escriben cartas ni se formulan preguntas muy entramadas. Me miro al espejo y tomo la primera fotografía de mis pies descalzos, doblándose un poquito, poniendo el peso de mi cuerpo en el borde exterior y achicando el arco con el dedo pulgar. En el espejo no parece que fueran las once, ahí adentro son las seis o menos y mi reflejo todavía tiene sueño, mi reflejo se me antoja extraño pero me veo bien para tener mi edad un día como este. Para desayunar preparo café. Instrucciones para preparar café: Vierta dos cucharadas de café molido de este empaque en un filtro para cafetera o una manga, prepare agua caliente o en su defecto encienda la cafetera, mientras espera tome una actitud taciturna, casi como si fuera a esperar que la vida entera pase a través del filtro junto con la esencia del café. A continuación se le explicará por qué las instrucciones para preparar café parecen tan elaboradas y extensas en empaques como este y es que la felicidad matutina no está en el aroma del café, en la cafeína o su sabor, el verdadero placer está en la espera; sí porque no se puede preparar café sin contar con la espera. Eche un vistazo al progreso, vuelva a la meditación. Estos empaques llevan impresos micro-relatos de nuestra propia marca, finamente elaborados y seleccionados para proporcionar a usted la mejor experiencia en la espera del café, nadie puede negar que las cosas están hechas con un propósito y este producto específicamente busca tocar una parte sensible de su ser al igual que su exquisito contenido, por favor siéntase libre de divagar y lucubrar las más geniales, descabelladas, artísticas e ingeniosas ideas mientras espera, que finalmente, el café lo ponemos nosotros. Vierta el contenido de la jarra en una taza.

Cierre el empaque. Con la taza caliente en las manos paso rápidamente, mirando de reojo al espejo y tomando la segunda fotografía de mí en forma de espectro reflejado. Me siento junto a la ventana mirando los edificios de enfrente, nada fuera de lo común, nada ordinario, así es acá. Para el tercer bocado, tomo la tercera fotografía de la calle empapada, casi vacía, gris, una sábana mojada que en este momento no sirve para nada más que mi fotografía. Las capturas salen casi perfectas de no ser por el hecho de terminar despreciándolas tarde o temprano. Para el octavo bocado el frío atraviesa mis piernas como las manos de un amante impío, loco por llevarme a la cama, y me dejo, y de camino al cuarto me besa como nunca antes me han besado y me froto los tríceps con ambas manos, cruzando los brazos, y me abraza y lo único que quiero es estar bajo las sábanas con él, con mi frío amado, en cuanto las toco, parecen húmedas como si la lluvia no estuviera fuera sino aquí adentro, adentro mío y dentro de mi habitación. Cierro los ojos y me imagino que soy un hombre, lo imagino hasta el punto de poder sentirlo, mis brazos y mi mandíbula crecen, me corto los pechos con las tijeras que tengo en la mesita de noche mientras siento el picor molesto de unos vellos creciendo desmesuradamente por toda la tibia, y se me corta la respiración y me siento como un hombre y soy un hombre y me pican las piernas y mis pectorales se hacen de piedra y aparece una montañita de cobija justo en mi pubis. Me asusto, no soy un hombre, no puedo ser un hombre, no puedo ser una mujer. Ni hombre, ni mujer, ni hombre, ni mujer…

Creí que se había acabado el café, es extraño seguir bebiendo de una taza que no se acaba, al menos este bar parece estar bien cuidado y aunque sea el único cliente creo es tan grande como para cien personas, y no me canso del café y al décimo cuarto sorbo se me entumece el cerebro…

Despertar un día con D parece ser la mayor de las desventajas de tener un día libre, y peor aun siendo un el mismo día que nací hace un siglo, o veinticinco años, o tres minutos, no sé, no me acuerdo. Lo cierto de esto es que el tiempo trasciende pero realmente las fechas, los nombres, meses, días; no existen, son un cuento que mi abuelita me contaba para justificar por qué hacía pastel para mi prima y no hacía uno más para mí también. El calendario es como una capa de papel aluminio que ponemos sobre nuestras vidas para mejorar nuestra percepción del tiempo y que se cocinen bien en el horno, así los segundos pasan y da lo mismo si celebro mi nacimiento por cada mes, por cada vuelta al sol o por cada vez que pasamos cerca de venus, al final resulta ser lo mismo c’est la même chose ici, c’est la même chose là. A las cinco y treinta y cuatro de la tarde tomo la cuarta fotografía de mi habitación encendida en las llamas del atardecer y tomo una más, y tomo una más, y tomo una taza de café más, y me fumo un cigarrillo más, y cumplo un año más y tomo una séptima fotografía más de mi libro favorito cuyas hojas se han abierto separándose casi a la misma distancia unas de otras de tanto leerlas, como un acordeón, un grandioso instrumento para soñar. Tomo una fotografía por cada pastillita de diazepam que puse en cada reloj, y cuando oscurece me quedo contenta sabiendo que en pocos minutos harán efectos y sus pacitos mecánicos quedarán enmudecidos. El tiempo no va a llegar a casa hoy, el tiempo es una etiqueta que pica debajo del borde de mi ropa interior.

De paseo por mis ojos

No soy poetisa

Mis manos no son

Las de una poetisa

Mis sueños no son

Como los cuervos de un poeta

Me miro al espejo

Y mi rostro no es

El de la luna

El silencio me amaba

Y le arranqué del pecho

Palabras

Desde allá

Afuera

Me mira mi cuerpo ingrávido

Pálido

Desnudo

Deseoso de probar lo que yo pruebo

Con ganas de entrar y arrancarme

De cuajo

Mi garganta y mis versos

Nos hospedamos en la casita del ciempiés

Nos escondimos en un sueño hecho de pan

Fue entonces cuando cantamos tres canciones, mi cuerpo y yo

La primera era un acertijo

La segunda un alacrán

La última, esta carta.

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