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Cráneo #110: Fernando Muñoz-Miño

10 May

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Fernando Muñoz-Miño (Quito, Ecuador, 1991).

Es historiador por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y forma parte de varios colectivos y organizaciones de la sociedad civil. Es cofundador y colaborador de las revistas Cuando E. P. Thompson se hizo poeta y La Luciérnaga. En 2015 publicó su poemario Alfabeto de signos incompletos: relatos [prehistóricos] sobre la intermitencia del amor, obra finalista del Concurso Nacional Paralelo Cero 2015.



 

 

Microfísica del deseo

Que diría don Michel al saber que su teoría,
se impregnaría en la carne viva,
en las gotas de sudor empeñadas
sobre el lienzo agrietado de la dermis.
No hay razón de quererse tanto,
sino expropiamos radicalmente las pieles
y derribamos las tantas grietas de la alfombra.
Aparentemente, no hay salida al beso
más que el remolino asalinado
y la fricción instintiva de dos cuerpos.
Es pues:
microfísica del deseo
o de la urgencia…

 

 

 

 

 

 

 

Alfabeto de signos incompletos

Quise narrar una historia por completo,
abrir las noches sobre el lecho
y descubrir entre nubes memoriales
los caminos de fugaz intermitencia,
las cantoras heridas supurantes,
los cuentos de mitologías poéticas.

Así que tomé lo que a mano tenía:
los nombres de improviso,
las labios turbados,
los trazos gangosos,
las voces leporinas.

Armé la historia en un ritual profano,
y a los muertos los puse a sonreír,
con máscaras, disfraces de contento,
para poder curarme entonces del espanto
con exorcismo, necromancia y taxidermia,

Y esto era claramente una historia de amor,
de complejos entramados del destino,
de Ariza, de Werther, de Santomé encarnado,
porque parecía resumir la historia del mundo,
de las tragedias cotidianas de vapores,
de locomotoras averiadas en el despoblado.

Pero no; la llegada del amor
no vino con la cautela corrediza del miedo,
ni la levedad del despertar de sentimiento
Vino con la violencia arrebatada del incendio,
a inflamar los cuerpos,
a calcinar las corazas,
a consumir las consciencias.
Y empecé, sin darme cuenta,
a hablar con letras completas,
a vencer la resignada intermitencia,
a delinear el destino con trazos nuevos,
que siendo improvisados dibujaban los caminos.

No más voz ni palabra ni escritura sagrada,
porque la revelación se precipitó redonda,
como la noche que mató a los dioses
y enmudeció los oráculos y las profecías.
En menos de una vida el relato se acabó.

Y ahí quedó un alfabeto de signos incompletos:
como la prehistoria que precede a la historia;
como el arte en las cavernas rupestres;
como la crónica de una ausencia centenaria.
Como la narración de amor antes del amor.

 

 

 

 

 

 

 

15 de agosto

“Nosotros sabemos que la tierra no pertenece al hombre,
que es el hombre el que pertenece a la Tierra.”.

Gran Jefe Seattle

Estuvimos en medio de la plaza,
frente al palacio de azar y naipes,
hablando por la heredad sagrada,
por eso, por esa tierra entre los ríos,
que había que amar como a la lluvia,
el anhelo o el cambio.

Porque su nombre era la esperanza,
el “infantilismo” de una promesa
que no valía la pena quebrar,
porque era el alma,
el tuétano de un sueño que rompía todo:
a la sombra y a la comodidad,
y a una culpa de dedos negros,
que marcaba nuestra frente
como un duelo demasiado prolongado.
Era un grito;
era decir, exclamar con voz de profeta:
a la mierda con su desarrollo,
con las letanías de su progreso victimario,
y la herencia de nuestros padres;
no somos más el pasado,
ni la resignación centenaria
que enflaqueció los campos y las conciencias,
somos la utopía y el sueño
que se rebela contra la tradición y el dogma.

Pero no,
el Poder que verborreaba revolucionariamente,
tenía entre manos el sepulcro blanqueado,
la ignominia y la derrota,
disfrazada de sonrisa y tecnocracia.
Porque “El mundo nos ha fallado”,
coreaban reptílicamente sus huestes,
“el mundo nos ha fallado”,
pero en su acto de plañideras a sueldo,
de intérpretes del clamor popular,
susurraban en silencio:
seguiremos al progreso que no llega
y tendremos nuestro plato de lentejas,
porque el oriente existe para sangrar,
existe del fango hacía el infierno;
y que no digan que somos mendigos,
que ese saco de oro lo estamos feriando,
lo estamos tragando hasta el empacho.

Así se deslizó la máscara y el maquillaje,
en un espectáculo de pilatillos sonrientes,
que no tenían la revolución en sus manos,
sino discursos, bambalina y propaganda;
ese día se nos rompió la mordaza,
porque sin el sueño, sin esa utopía,
no habría nada que rescatar del barco,
que era el carapacho hueco al que había que desafiar.
Y sobre las calles,
en el paso diario y contra la amnesia lacrimógena,
se derrochaba la alegría como estandarte de batalla.
Esa batalla en la que el poder,
por más que “ganase”,
lo estaría perdiendo todo.

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