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Honoris Cráneo #2: Juan José Rodinás

27 Jun
09-8-13- JOSE-RODRIGUEZ

Jun José Rodinás. fotografía de Andrés Darquea

 



Juan José Rodinás (Ambato, Ecuador, 1979) es el seudónimo de Juan José Rodríguez Santamaría, nombre bajo el cual publicó sus primeros libros. Estudió literatura y periodismo en Quito. Hizo cursos de traducción en Madrid. Ha publicado Los rastros (Quito, 2006), Viaje a la mansedumbre (Barcelona, 2009), Barrido de campo (Arequipa, 2010), Código de Barras (Quito, 2011), Cromosoma (Quito y Santiago de Chile, 2011), Estereozen (2012), Anhedonia (Popayán, 2013). Ha sido incluido en varias antologías. Además, ha publicado varios ensayos sobre poesía ecuatoriana e hispanoamericana. Ha obtenido el Premio Internacional de poesía joven La Garúa, El premio Internacional de poesía La Lira, entre otros. Algunos poemas suyos han sido traducidos al inglés y al francés.

 



 

 

Tetrabrick

La vida (o su proyecto) es un cartón de leche dispuesto en el pasillo
de un supermercado tras explosión nuclear de mal pronóstico o, 
si hay imaginación con detalle y estilo,
la colisión de un meteoro sobre la avenida de las tiendas.
Sabemos que todo orden depende de un dios, pero hoy no hay tal:
ni menos. La cabeza del autor de esta frase marca sobre el papel montañas cosidas a cerebro que las sueña
Hoy no sucede el mundo: mañana o ayer, si acaso.
Procedimiento y truco del humus para matar lo que no puede morir solo. 
La vida fue 33 años (unidad de medida de algo que al crecer, 
disminuye) sólo un erizo sangrante en su interior:
un títere de trapo que piensa en su muerte, protagonizándola,
pero a distancia todavía, practicando la carrera de obstáculos
en un bosque donde cada árbol imita un eje de napalm
bajo alambres de púas. Quizás por cada año
(y por cada año de cada año mío), el cuerpo de un niño jugó
mordiéndose las manos al interior de una cárcel de hueso.
Esta creatura (inhabitable) pudo doblar el antebrazo 
para mirar sobre su codo un paisaje imitador-monet.
En esa misma piel, había mirado una caravana de muertos
preguntando por los últimos hombres que bailaron sobre la tierra.
Las nubes, envueltas en papel cigarro, arriba de los hombres 
que habitan edificios ya previamente demolidos.
¿No sabían que sus departamentos, donde el mundo era el peso
de una manta, ya no existían? Se destruyó una cosa
que luego tardó en destruirse. Claro, las cosas tienen un espíritu
que nosotros no tenemos. La vida, arte abstracto de sí misma, 
ocurre en un vídeo táctil que se proyecta mente adentro
donde algunas personas habían desaparecido previamente.
Con fortuna, incluirá el cráneo de un hombre solo 
que ha trabajado demasiados años para borrarse el rostro
& imaginar un cuchillo rasgando su cabeza que observa,
mientras la vida habría acumulado demasiados árboles
que son idénticos a ella, misma que, si somos justos, 
si la justicia trabaja sobre la forma herida de las cosas,
ya no podrá existir.

 *** Texto tomado de Anhedonia (2013)

 

 

 

 

 

 

 

INTERMEZZO THOM YORKE PROGRESIVO

El ordenador encendido como
una página en blanco, como OK Computer.
Como esto que es un cielo de animaciones suspendidas.
Como este paisaje se hace un sueño de alienaciones dulcísimas.
Como un pliego de nieve envuelto en la punta de una estaca sobre la pupila: en largas cánulas sobre el tejido visual.
Eso es decir estoy de vuelta: la realidad está dentro: la realidad está fuera, pero dentro. Estoy solo como estoy solo dentro de mi mente que es lo que lees. 

*** Texto tomado de Cromosoma (2011)

 

 

 

 

 

 

 

Axones

Canción de despedida, de llegada.

I

En el cuerpo, los nervios pesan como arterias de plomo. Con las pastillas, el cerebro se ablanda como un río benévolo. Las neuronas son libélulas negras que sobrevuelan un estuario mental. Por la mañana, el médico me dice: “tiene una enfermedad en la cabeza como un otoño inhabitable”. Yo también lo sospecho.

II

En mi habitación, trago astros en comprimido, pastillas que resplandecían en mi mesa. Todo para evitar el picoteo del gorrión, pájaro de la enfermedad, bajo mi nuca. Mi cerebro se equilibra un instante. Junto a la jarra de leche, los pomelos húmedos están sobre la mesa, como un cristal antes del acabóse.

III

Este día sueño con destruirme. Volarme con un pájaro la sien del cielo para que mi cerebro se haga espuma en el mar. Este día sueño con destruirme. Sumergir mi pecho en la hoja del baniano y desaparecer.

IV

Tengo un clavo en la mente: una herramienta de luz manchada o sucia. Por ella, el ruido de los automóviles es mi fonética del mundo: carros en una larga fila de carros en una larga fila de carros atascados. Mi oído se convierte en un atributo del dolor que viaja –como tren japonés- a la velocidad de la luz desde mi cuerpo, contra mi cuerpo.

V

No hay estación del cuerpo, pero el dolor la crea. Llueve mielina en los nervios (aguacero plateado). Tengo sacudones en mi esternón y en la piel de los brazos. Tal estación –diríase parecida al otoño- deja caer hojas de radón desde las ramas de la columna vertebral, desde la encina que el anatomista llama árbol de médulas.

VI

Como un fuselaje, entré a la cámara de resonancias. Escuché un zumbido electrónico para obtener fotografías de mis huesos, de la pasta cerebral. Allí la máquina descifró mi sueño de oler cedrón mientras acariciaba un pájaro. Como un diapasón, el cráneo contraído percutió sobre mis días de luna elemental, profética. Imágenes de una piedra de la locura iluminada por el espejeo del láser.

VII

Las placas tornasol decían: hay un quiste en tu cerebro. Trepanaciones.  Extracción de la piedra de la locura. Pienso en un tumor, como un cometa contraído en un puño.

VIII

Mi médico, el poeta, dice que los puentes son hermosos, que no duelen. Él habla sobre puentes materiales: un puente uniendo mis articulaciones enfermas con la orilla (ahora detenida, luego suelta) de la tina. Goma de sangre. Un verso es una línea, un hueso es un hueso. Separo lo separable. Recojo mi cuerpo, oculto tras la bata de cirugía, mientras miro las nubes, su blancura metódica, mi adiós.

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Publicado por en junio 27, 2016 en Ecuador, Honoris Cráneo

 

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