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Cráneo #140: Johan Mijaíl

12 Sep

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Johan Mijail (Santo Domingo, República Dominicana, 1990)

Escritor y performer. Estudió periodismo. En 2011 publica el libro de poesía ilustrada Metaficción y participa en la película Sister del colectivo Lewis Forever en la ciudad de Berlín. En 2014 publica Pordioseros del Caribe (Editorial Desbordes, Santiago). Ha participado en festivales de performance en Chile, República Dominicana, Alemania y Estados Unidos. Ha presentado ponencias en mesas relacionadas con arte contemporáneo, performance, Caribe, identidades sexuales críticas y transfeminismos en universidades y galerías de arte. Beneficiario de la Beca Migrante (2015) en el Museo Nacional de Bellas Artes (Chile) y en 2016 participó en el 10° Encuentro del Instituto Hemisférico de Performance y Política “eX-céntrico: Disidencias, soberanías, performance (U. de Chile y la U. de Nueva York). Textos suyos han sido publicados en revistas de Argentina, Venezuela, Estados Unidos, México, España, Chile y República Dominicana.



 
Pordiosero del Caribe.

Lo que pasó fue que ya había una isla. Yo construí una isla. Todo el que se fue también construyó la suya y ahí se armó el lío de islas. Todo el que tenía deseos de recordar o inventar lo que era, no midió el problema que estaba armando. Ahora andamos por el mundo con tantas islas que no caemos en la de origen y se va a hundir. La mía estaba escondida en un montón de luces, después estaba sola y se fue en su nube. Entonces, comenzó la tarea: ser la insularidad. Perderse en el tercer mundo entre un mar y un océano, que no es tarea fácil, perderse entre ser un espejo o ser una avenida más, un transeúnte más, un ciudadano más, un enfermo más. Ser todo al mismo tiempo, que tampoco es tarea fácil. A veces es bueno estar sólo y reflexionar sobre subdesarrollo que se esconde entre todos estos elevados y apartamentos de lujo, entre avenidas con nombres de héroes en inglés, minimizando, minimizando todo, como si fuésemos todavía los seres sub-humanos ante la nobleza. Si ves una sonrisa, no te la creas, porque es una farsa. La alegría no es lo mismo que la felicidad. ¿Qué estás haciendo ahora? ¿A qué le temes? Deberíamos de estar pensando en otra cosa que no sean ofertas de resorts todo incluido o ventas de pasillo donde lo que domina es el dos por uno: compras algo y te llevas otro algo por el módico precio de nada. La insularidad es una condición geográfica; el insularísmo es una ideología y una yola, es un medio de transporte donde terminamos, casi siempre, muriendo.

 
 
 
 
 
 
 
Es difícil ser un delfín en este tiempo.

Son otras cosas las que busco. El mar está tan lejos. El mar no existe, vuela. A mi me abrió los brazos el mundo. Desde un motel con mi amante, que es una luz que viene desde arriba, de lo alto. Y la luz es más grande que todos los obeliscos de Santo Domingo. Trazando el camino hacia mi deseo de ser un delfín, donde no hay mar. Donde aunque es Caribe, no hay palmeras, sino gente vomitando esponjas, donde iré más tarde a sentarme y dormir mi siesta. Todos lo que crean que estoy alucinando caerán como un avión un 11 de septiembre. Donde el pánico eyaculará sobre el culo del polvo. Porque el polvo y los gritos ahora tienen culo y espalda y las lámparas de cebollas también caerán para vivir mi trance. Pondré un barco donde entrarán a salvo todos los que han creído en mí. Y los que no, se quemarán junto a la basura y sus fantasmas de tiza roja. Muertos todos. Los que no han creído, los sordos, los ciegos, los bugarrones: TODOS. Se quemarán al mismo tiempo y yo riendo pondré más leña, disfrutando ver sus cuerpos descomprimidos en la tierra, y es que esto no es un trance. Es el destino. Lo que había dictado en los libros (con letras pequeñas), para que solo unos pocos lo vieran. No lloren, se los había dicho.

 
 
 
 
 
 
 
Me declaro ser isla.

Ya está claro: morir en una yola no es la solución. El allá, el aquí, el mundo, la maleta de sueños con perico ripiao’ incluido, los boletos para subirse en un tren ima­ginario y mirar-morir por la ventana. La isla se sigue hundiendo en medio de las olas que vienen por todos lados; —usted se salva si trae oro escondido en la carte­ra, usted se salva solo si habla inglés y paga con dólares en este Nueva York chiquito, usted se salva si tiene las rodillas blanquitas, usted se salva si quiere salvarse y por eso lee la biblia, usted se salva, usted está salvo en este espejo de país de la mierda, en este Caribe que se ahoga en las palmeras y los motoconchos, ¿Y qué?— en el Norte: corren; en el Sur: la tierra arde; en el Este: los hoyos de las calles son cráteres y; en el Oeste: no se es­cuchan voces. Seguimos siendo isla, isla donde ser ar­tista es ser el diablo, un dato geográfico en algún lugar, demografía atestada de palmeras y de costas. Una lla­ma de tres colores con un escudo católico en el centro.

Horas santas, comida, todo lo que se pueda escon­der en el bote que estamos armando para irnos. Ganamos un torneo donde el premio era una pe­lota de medias y un diccionario con tres palabras que no estaban incluidas en el dicionario anterior. Antenas y todo lo que te puedas imaginar en un techo, todo eso haciendo juego con un sol que parece volverse otra cosa. Flores que salen de la tierra y se pierden en los brazos de los espantapájaros formando un universo personal donde la música de fondo es un gagá, donde los morenos que han quedado vivos van bailando al ritmo de un-do-tré con sus brazos hinchados de tanto darle al son del pico a la calle y el sudor en la frente. Bajando, subiendo, dividiendo el pedazo de tierra en dos. ¿No caben dos? Sí. Da pa’ lo do’, para tres, para todo el que quiera morirse (pero no ahora), porque al final de la historia saldremos volando en un cometa y justamente en este tiempo es donde vemos ángeles y señoras rezando y señores que se van despertando los domingos. Arroz con pollo, arroz con habichuelas, arroz con huevo, todo en una misma habitación, al ritmo de un-do-tré mariposita linda e’. Yo particularmente, que he visto aviones aterrizando y edificios muy largos puedo dar fe que el Estadio Quisqueya un día cogerá candela por aquello de Duarte, Sánchez y Mella. Mamá Tingó dejó su corazón en la tierra y su sangre dio fruto a esta generación con el Caribe entre ceja y ceja. A esta generación que se ha puesto la isla de sombrero y de escudo ante la guerra. A esta generación que inició al mismo tiempo que el cosmos nombraba a todos bajo el signo de Aries, sin importar que era diciembre u otro mes fuera del círculo y, no importa, porque lo que estamos haciendo es gritándole a todos estos hijos de la gran puta que nos escupen hacia un mundo de otredades, que el Caribe lo estamos reflexionando, limpiando, coordinando, transformando, viviendo, sintiendo, gozando, pensando, bailando, sufriendo, llorando, bañando el amor por esta media isla perdida. Esta media isla con una energía que nos harta al grado de querer salir de ella, pero cuando estamos allá ese mismo son nos hala como si fuera el imán de una metrópolis salida de la selva con un martillo en la mano y con un cuchillo en la boca se transforma todo en nada, en olor, en sabor, en cadencia, en humo y comenzamos a flotar, porque ya no hay fuerza para caminar, incluso algunos han perdido las piernas y otros han ganado más piernas: tienen de dos y de tres organizadas como filas. Dime ¿Cómo hemos podido (sobre) vivir aquí? Si no es declarándonos ser la isla y haciendo trucos de magia con el agua de coco, para mover montañas y guardar toda la caña en una caja o en un tubo donde ya nadie la vea, donde ya nadie nos haga esclavos, donde ya nadie nos venga a cambiar-comprar por oro.

 

***Textos tomados de Pordioseros del Caribe (Editorial Desbordes, Santiago, 2014)

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