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Cráneo #180: Giovanni Rodríguez

20 Mar

 

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Giovanni Rodríguez (San Luis, Honduras, 1980)

Estudió Literatura en la UNAH-VS, en donde imparte clases de literatura hondureña, centroamericana y latinoamericana. Ha publicado los libros de poesía Morir todavía (2005), Las horas bajas (2007) y Melancolía inútil (2012), la novela Ficción hereje para lectores castos (2009), los ensayos de Café & Literatura (2012) y los cuentos de La caída del mundo (2015). Obtuvo en 2006 el Premio Hispanoamericano Juegos Florales de Quetzaltenango, Guatemala, el 1er. Lugar del Certamen de Poesía La Voz + Joven, de Madrid, España en 2008, el Premio del I Certamen Hispanoamericano de Cuento Ciudad Ceiba 2014 y el Premio Centroamericano y del Caribe de Novela “Roberto Castillo” 2016 con la novela Los días y los muertos. En 2010 participó, en representación de Honduras, en el Festival Internacional de Poesía de Granada, España.

 



 

Azul con fondo gris

Yo te consagro Dios, porque amas tanto,
porque jamás sonríes, porque siempre
debe dolerte mucho el corazón.

C. Vallejo

De lejos,
luz hostil,
ociosa luz,
antigua luz,
viene de lejos a dejarnos una piedra en la mirada.
Pesada sombra llora gota a gota
y sombra es
y luz
y noche entera.

Tiene la garganta el hábito del fuego,
instante de pájaros violentos
que vuelan
contra la calma de los días aciagos;
pero algo vuelve,
vuelve,
hecho ceniza,
al margen de este día.

Sangre añeja de las venas ebrias,
todavía se revuelve en el pecho
como un animal ebrio y malherido.
La sangre viste el color de los atardeceres
y se llenan de espinas los caminos.

Lejos,
más lejos que esta sensación de lejanía,
de distancias borradas,
alguien niega su propia transparencia.
Aquí, al fondo,
bajo esta gloria de espuma que es la música celeste,
su voz no es más que una burbuja,
un balbuceo,
un agua que se rompe.

Soy Adán,
un hijo de su hijo una y mil veces,
tengo en mi boca el jugo de la fruta prohibida;

soy Caín,
el que inventó el rencor sobre la tierra.
He matado en él mi último fruto
y el agua de la culpa ya no cae de los ojos.

Se nos apaga, él, se nos apaga
con la muerte del sueño de los hombres.
No vuelva más.
Vuelva a su cielo,
a sus cómodas nubes
y sea lluvia
o la exacta brisa que remueve las hojas.

Aquí nacimos,
en medio de la hierba,
del olor a tierra,
en medio de otros huesos hechos polvo.
Aquí hemos de crecer,
como los días,
a la altura del sol,
todos los días.
Aquí el instante es para siempre,
hasta morir,
hasta no ser más que una sombra
o un suspiro,
un último latido en medio de los besos.

Niegue su oído al sonido traicionero
de este viejo corazón envilecido.
No exista más;
aquí su nombre es sólo el murmullo de unos labios.
Bastan los días que nos hacen amar,
odiar,
rendirnos a unos labios
o declararle la muerte a nuestros propios ojos.
No exista más,
corte los hilos
y sople de una vez aliento a estas viejas marionetas.
Alguna vez
esa vieja corona doblará sus espinas
para no decir sangre;
entonces,
cada hombre
empezará a fundar sus propias cicatrices.

 

 

 

 

 

 

 

 

Yo soy el que soy
Acojo tempestades en mi boca de sed y arena oscura, gritos para el silencio de mi esqueleto
enmudecido.
Camino sobre filosas piedras cuando es preciso andar sobre las aguas.
Soy eso que se busca o se persigue con el dorso de una mano.
Soy el mal, el fraterno mal: el afán innombrable, el eros sangriento que la razón evade.
Desde uno de mis ojos mira el odio y en el otro exhibe el fuego su locura.
Vengan la furia, el celo, la dulce amargura de unos labios malditos; hay que amar fieramente en estas noches de tedio.
Que no cesen la sangre y su ira latente, aún si el tiempo es obra de unos dioses dormidos; en mis manos violentas se deshacen los cuerpos y vuelven a crecer con nuevos corazones.
Soy el mal, el fraterno mal; ¿quién en la hora adversa me persigue?, ¿quién se arrastra y me nombra con lengua lisonjera?
Escupo las palabras, salta mortalmente el odio de mi boca.
Soy el mal, el fraterno mal, la mitad aborrecible, tu mitad prohibida.

 

 

 

 

 

 

 

 

Ser / No ser

Ser poeta.
Ser poeta y esperar, tener esperanza aún, tenerla siempre.
Ser poeta y amar con increíble fuerza las cosas más pequeñas.
Decir así, siendo poeta, que la vida es inventario de instantes dolorosos, recuento de pasiones no correspondidas, de tragedias sin fin, de incertidumbres, y aún así, siendo poeta, sonreír amablemente porque es hermosa la vida…
Alojar en el pecho todas las desdichas, los golpes cotidianos, las infamias ajenas; robustecer de esa manera el corazón; acumular ternura, amor, cariño, etcétera.
En resumen, ser infinitamente triste, melancólico, un hombre sin fortuna.
Ser poeta y hablarle al mundo connotativamente.
Asumir que uno no es uno sino todos.
Dedicarse por entero a la poesía, a transformar la lluvia en llanto, el aire en breves caricias de la tarde, el más prosaico acto de la vida en una imagen poética.
Todo eso, sí, es ser poeta, según los cánones de la alta academia del espíritu, pero yo he decidido ya no serlo, si alguna vez lo fui, si alguna vez creí ser Dios, como en ese poema cursi de Huidobro.
Mejor no ser poeta.
Ser sólo un hombre común que silba mientras anda.
No tener esperanza porque es mucha esperanza para tan poca vida.
No ser poeta y amar apenas las cosas necesarias.
No pronunciar jamás palabras tristes o cursis o sacadas de un libro de autoayuda, ni sonreír
con estoicismo ante el desastre, ni intentar ver lucecitas al final del largo y tenebroso túnel de la vida.
Mejor no decir nada, cerrar la boca, o abrirla sólo para las cosas serias o infinitamente divertidas.
Y desterrar del pecho la melancolía.
No ser poeta y hablarle al mundo denotativamente.
Saber que yo soy yo, no pretender ser tanto ni tantos ni ninguno; a un hombre le basta su propia mísera existencia.
Dedicarse a otra cosa: a practicar el amor del cuerpo a cuerpo, el tiro al blanco, dedicarse al sano aprendizaje de decir “yo quiero una cerveza” en el idioma de Kafka.
Aficionarse al fútbol y a la novela negra o de aventuras, aprender a bailar salsa para no aburrirse el día de la fiesta.
Todas ellas, cosas muchísimo más interesantes y sensatas que escribirle poemitas a las musas.

 

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