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Archivo de la categoría: Poetas de los 80’s

Cráneo #187: Ingrid Bringas

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Ingrid Bringas (Monterrey, N.L, México, 1985) 

Colabora en diversas revistas de poesía nacionales e internacionales. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, francés y portugués. Es autora de La Edad de los Salvajes (Editorial Montea, 2015), Jardín Botánico (Abismos Casa editorial, 2016) y Nostalgia de la luz (UANL, 2016)



Imagen

Debajo de la piel, la enfermedad de otros, el azogue turbio
la imagen del cuerpo
morir de amor natural

Morir de muerte natural para satisfacer a los otros
para no causar pena
el deseo exasperado de agradar al otro como instinto

El deseo como condición
la muerte como imagen y condición de lo excéntrico
la dermis guarda un rostro de una fisonomía dormida

Solo ríe de noche
hay que tener paciencia la vida es un simulacro que maldice al que no tiene amigos.

 

 

 

 

 

 

 

 

Otras naturalezas muertas

Todo puede ser naturaleza muerta,
el niño sin ojos,
la fruta,
una coca cola de dieta.

 

 

 

 

 

 

 

 

La fábula del deseo

No se consuela a un hombre antes de su muerte
dos de cada diez hombres mueren en la soledad
nueve de cada diez hombres mueren rodeados de flores
algunos mueren en su propio jardín
otros en su propio excremento.

 

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Cráneo #185: Alexis Cuzme

 

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Alexis Cuzme (Manta, Ecuador, 1980)

Escribe y colabora con publicaciones periódicas, ecuatorianas y del extranjero, en temas relacionados a cine, teatro, música, literatura y edición. Editor del sello editorial Marfuz y del fanzine metal literario del mismo nombre. Sus más recientes publicaciones son Moshpit (ensayo, 2013) Rituales del ego (poesía, 2016) Periodismo y activismo metalero (entrevistas, 2016) y La ruina del vientre sacudido (poesía, 2017). http://alexis-cuzme.blogspot.com/



 

7

Sigo mirando la pared que no se mueve.
Escuchando la pared de susurros que no entiendo.
Golpeando la pared que no libera.
Pateando la pared que se empeña en sepultarme.

Pensando, incendiándome en supuestos,
inventando realidades dentro de la oscuridad,
jurándome giros, estallidos de salvedad,
diciéndome que cambiaré,
que la putrefacción del espacio no despellejará
las huellas de un recorrido en estampida.

Florece la ruina dentro del vientre sacudido.

 

 

 

 

 

 

 

 

11

Hoy todo es pasado: mermelada corriendo sobre mis ojos,
empalagosa y mortecina mermelada del ayer:
en ella mis padres siguen disputándose un amor moribundo
abriendo tajos en la casa y en sus hijos,
violando sus pactos, desperdigando secretos,
lacerándose en sus sentencias los maquillajes inamovibles de años.

Mis padres,
¿qué será de ellos?
¿habrán juntado sus manos
o por lo menos cumplido el rito programado
de verse morir frente a frente?

Mis padres: sangre y fatalidad.
Hijos y necesidades.
Casa y calamidad.

Mis padres,
ofertando su salud para salvarse de ellos mismos:
alcantarillas rebosadas de ira,
pantanos repletos de maldad.

Enfermos de un amor descompuesto
que nunca pudieron sacar de casa.

 

 

 

 

 

 

 

 

17

No hinques mis ojos, niño del delirio
no mis ojos ansiosos de luz.
Mis ojos testigos de la rumba necrótica de la noche.

No, niño desconocido y salvaje,
duerme, que la oscuridad te arrulle,
piensa en tu madre, abraza a lo que fue tu padre,
conversa con lo que fue tu hermano,
todos aquí necesitamos la fuga.

No hinques mis ojos, niño de sangre y lodo.
Entrégate a un rincón y juega con tus delirios.

 

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Cráneo# 184: Luis Reynaldo Pérez

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Luis Reynaldo Pérez (Santo Domingo,  República Dominicana, 1980)

Poeta, editor, gestor cultural y curador de arte dominicano. Tiene estudios (inconclusos) de Relaciones Públicas, Periodismo, Letras y Educación. Ha cursado diplomados en instituciones nacionales y extranjeras en las áreas de Gestión y Programación Cultural, Periodismo Cultural, Guion Audiovisual, Community Manager, Fotografía, Curaduría de Arte y Publicidad Objetiva.

Ha publicado la plaqué Poemas para ser leídos bajo la lluvia en Esto no es una antología: Palabras que sangran (Santo Domingo: Ediciones Ferilibro, 2012); los poemarios Temblor de lunas (Santo Domingo: Ediciones de Cultura, 2012, edición bilingüe español-japonés; Editorial El Barco Ebrio, Madrid, 2012, edición en ebook; Cochabamba, Bolivia/Bagnères-de-Luchon, Francia: Babel Cartonera, 2014, edición bilingüe español-francés); Toda la luz (Santo Domingo: Luna Insomne Editores, 2013, ebook); Urbania (Santo Domingo: Editorial Funglode, 2013), Dolor que maúlla (Santo Domingo: Luna Insomne Editores, 2014); Ciudad que alucino (Madrid: Amargord Ediciones; 2016); y los libros para niños Lunario (Santo Domingo: Alfaguara, 2014) y Día de lluvia (Santo Domingo: loqueleo, 2017). Compiló las antologías Material inflamable: 30 poetas dominicanos del siglo XXI (Santo Domingo: Editora Nacional, 2014); Sobre un costado del planeta: muestra de poesía dominicana 1970-1990 (Ciudad de Guatemala: Catafixia Editorial, 2015) y El futuro es ahora: 15 poetas dominicanos (1991-2012) (México: Revista Punto en línea # 67 (UNAM), 2017).

Su trabajo literario y cultural ha merecido los siguientes reconocimientos: Gran Premio del Concurso de Minicuentos “Las Dos Orillas”, 2014, con Fumar bajo la lluvia; Primera Mención del Concurso de Minicuentos “Las Dos Orillas”, 2014, con A primera vista; Finalista al Premio Nacional a la Excelencia Juvenil Juan Pablo Duarte 2014 en el renglón Desarrollo Cultural en representación del Distrito Nacional; Premio único del Premio Funglode de Poesía Pedro Mir 2012, con Urbania; Premio único del I Concurso Nacional de Haikú 2011, con Temblor de luna; Mención de honor en poesía en el Certamen Nacional para Talleristas 2012, con La dulce herida de estar vivos; Mención de honor en cuento en el Certamen Nacional para Talleristas 2011, con A la altura de la circunstancia; Mención de honor en el Certamen de Poesía Heptagrama 2010, con Tríptico.



Oración para un dios solitario

 

1

Señor del cieno y la tormenta,
hacedor de la savia y el viento
aquí está tu hijo —migaja, gota, grano de arena—
con la lengua en un solo temblor,
con los dedos hechos latidos.

Aquí está tu hijo señor
murmuración de palabras,
indefensa imperfección bajo la lluvia.

Aquí estoy apenas una serena multitud de defectos
frente a ti señor del trueno y los lirios,
camuflado oración vengo hasta tus pies
como una leve semilla rodando horizontes dispersos en la nada,
brote de hojas sobre la roca,
mínima palabra de raíces y puñales.

 

2

Tuya es mi voz, Señor,
voz de alas y arena,
voz que callada te llama:
agua con memoria que recorre serena el cauce.

Tuyas mis manos, Señor
que buscan asirse a la oquedad de tu nombre,
a la blanquísima estela de tu cuerpo.

Tuyos mis ojos, Señor,
que han visto la sangre derramarse en el vientre de hojas de la noche,
la misma sangre que recorre los muslos de lumbre
de las niñas sacrificadas en tu nombre.
Los mismos ojos señor
que buscan tu rostro barbado de luciérnagas
que como carbones ardientes traspasan tu faz.

Tuyos mis pies, Señor,
que descalzos huyen de la muerte
pisoteando la triste flor de llanto que reposa sumisa sobre el lodo.

Tuyo mi cuerpo señor,
parcela de melancolía que será colonia de gusanos,
jardín de tristes margaritas,
fantasma desandado entre musgo y semillas.
Mi cuerpo señor, rebelión de sangre y palabra,
marabunta de sueños que se levanta cada sol
a repasar incendios y desalientos.
Mi cuerpo señor hechura de tus manos,
soplo de tu boca sobre los días,
colisión de vida que anda las horas.

 

3

Aquí estoy señor de rebato y sangre
con la frente sembrada de flores,
con los puños repletos de nombres,
con mis ojos mirando tus ojos
—avergonzado de muerte bajas la mirada—
para decirte que me apiado de tu soledad
—de peces marchitos,
de pájaros ahogados en el viento,
de rosas natimuertas en la inmensidad del tiempo—,
que compadezco tu soledad de animal herido
que se pudre bajo los soles
y por eso estas palabras —clavos, espinas, lanzas—
son una oración para acompañarte
—en tu soledad de barco a la deriva,
de ruina que se estrella con la nada—
a ti, al ser más solo del universo:
niño abandonado que trashuma,
vagabundo de estrellas y sueños,
por los siglos de los siglos.

 

 

 

 

 

 

 

 

Origen

¿De dónde he nacido?
Acaso del agua rota de estrellas
o del leve graznido de los pájaros tibios.

Yo, aterido de ráfagas, tal vez provenga
de esa masa agujereada de peces que es la noche.

He nacido del vagido de las olas
cuando chocan con los muslos pardos del atardecer.

Desde el cieno he venido con los huesos del viento colgado en los pómulos,
desde el cieno he salido: arboladura de estraza rompiendo soles:
soy escamas de nubes que parpadean en la cintura del cielo.

 

 

 

 

 

 

 

 

Vital

Para el árbol, la medida del tiempo
son las hojas caídas.

Para el pájaro, la medida del tiempo
son los cielos surcados.

En cambio, el hombre mide el tiempo en nombres
que, vacíos, ruedan en la memoria.

 

 

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Cráneo #182: Jorge Alejandro Vargas Prado

Jorge Alejandro Vargas Prado



Jorge Alejandro Vargas Prado (Cusco, Perú-1987) Licenciado en Literatura y lingüística por la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa. Se dedica a escribir y a la música.

Mantiene un blog:  http://perrodenieve.tumblr.com/



Contemplación de un arco-iris de fuego mientras duerme

Muchacho,

si escribiera un poema sobre ti

se parecería al mar turquesa del Caribe

o al sintetizador que usa el dios católico para componer la canción experimental que suena a diario en los grandes edificios financieros

o a una montaña que ha recuperado su nieve

o al olor de tu camisa o de tus pies

o al agua tibia o al líquido amniótico

o a un accidente geográfico

o a un ángel con cuatro alas de diamante

o al tiempo que demoran tus testículos en rozar tus muslos cuando caminas

o a tu rostro mientras duermes

o a la nostalgia que provoca descubrir el triste secreto que esconde la música electrónica y que salvará al planeta

o a tu lengua buscando el clítoris de tu enamorada

o a mí escribiéndote esto desde una tina llena de agua caliente

o a mí viéndome el pene a mí mismo

o a mí viendo tu ombligo o el inicio de tus nalgas musculosas

un poema que se parezca a todo eso

pero que nunca, nunca, nunca se parezca al amor oficial de nuestra época.

Contemplación de una fruta luminosa

Subí a un taxi y le pedí con cariño al chofer que me lleve a la Plaza de Armas de Ayacucho.

En el trayecto observé a una anciana que es también mi abuela cargando en la espalda un charango como si fuera un robusto niño del ande. Observé a señoras hablar en quechua por sus smartphones con nuestros familiares que viven en el subsuelo o en la amazonía o flotando en naves espaciales fuera de la atmósfera. Observé mototaxis desplazándose y los confundí con una bandada de colibríes turquesa. Observé a varios perros de lana durmiendo como si no existiera hambre en este planeta azul.

Entonces, un semáforo detuvo nuestro taxi.

El chofer contempló el semáforo

extendió su brazo a través de la ventanilla

tomó la luz roja

y la transformó en una granada.

Abrió la fruta dentro del taxi para comérsela y cuando de la fruta se liberó una luz granate pude verle bien el rostro.

El joven chofer del taxi era un príncipe wari en BVD y shorts.

Era una constelación sobre el mar o un puma o la figura abstracta donde los waris veían una estrella.

Conteniendo mi sorpresa y mientras él ponía el taxi en marcha

y mientras él mordía la luminosa fruta granate

le hablé temblando.

Le pregunté por el clima

y me dijo que el clima de Ayacucho era caprichoso porque él mismo era caprichoso.

Le pregunté por las discotecas

y me dijo que en Ayacucho todos los días abren las discotecas porque todos los días él enciende la radio de su taxi y las hormigas viéndolo pasar le rinden homenaje disparando rayos láser hacia el sol.

Él era la cumbia

o un templo wari de piedra construido hasta las nubes.

Comprendí entonces, mientras lo escuchaba:

  • que el polen del mundo tiene el olor de sus axilas
  • que sus axilas tienen el olor del magma
  • que el olor de sus axilas hablaba el idioma de los pumas apareándose

Ya detenidos en la Plaza de Armas de Ayacucho vimos cómo una libélula de color calypso se detuvo frente al parabrisas, como un drone.

Ella desplegó la compuerta metálica de su boca y nos increpó en quechua diciendo:

¿cómo fue que en estas tierras trocose el reinado en vasallaje?

Callamos por 30 segundos.

Intentando expandir la compañía del príncipe wari acróbata en shorts y BVD

le pregunté sobre tours en su ciudad y me habló de la Pampa de la Quinua donde cientos de peruanos murieron luchando en la última batalla por nuestra independencia.

Luego habló brevemente del complejo arqueológico de su propio cuerpo.

Le agradecí por sus palabras y zurciéndome los labios con yauri y lana de vicuña, bajé del taxi.

Él no partió por un buen rato. Entonces vi cómo el taxi desplegaba la compuerta metálica de su boca y cantaba una cumbia y me invitaba a jugar fútbol y me decía: ven, sube de nuevo, que soy la bestia solar que dirige un príncipe wari.

Yo me solidifiqué porque soy tonto y le temo a la belleza.

Al comprobar mi parálisis, el taxi partió iluminado por la luz granate de la fruta, llevándose la gloriosa y triste historia del Perú lejos de mí.

 
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Publicado por en abril 16, 2017 en Perú, Poetas de los 80's

 

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Cráneo #181: Alexander Ávila Álvarez

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Alexander Ávila Álvarez (Quito, Ecuador, 1986)

Escritor y psicólogo. Poemas suyos han sido publicados en varias revistas, digitales e impresas, de Argentina, México y Ecuador. Consta en las antologías: Grito Insurgente (Viz-ca-cha, Editorial Independiente, Loja, 2016); Oniria Cia. Ltda. (Mecánica Giratoria, Cuenca, 2014); Apuntes sobre el Incendio (Ninacuro Cartonera, Cuenca, 2013). Reside en la ciudad de Macas. Colabora regularmente con artículos y textos de opinión para distintos periódicos y revistas de la región. Conduce el blog: Apuntes de un mal poeta (https://alexanderavila86.wordpress.com/).

 



 

 

Estoicismo 

es limarse los años en las arrugas
y seguir
hacia todos los puertos
pero a ninguna parte.

(¿O ser poeta?)

 

 

 

 

 

 

 

 

Asincronía de las formas

zigzag

atajo que perdió su mapa
en la esquina donde bifurca el viento

garabato

botella de whisky abandonada
sobre una cuerda rota de guitarra

línea recta

flecha descarriada
que conoció la hipocresía del arco

diagonal

cruce de viajeros sin equipaje
fóbicos al asfalto

círculo

orgasmo fragmentado
por la neurosis de la flacidez

espiral

la voz angustiada
de un sueño disecado

el poeta (.)

límite máximo del despecho
donde confluyen las formas
como síntoma evolutivo
de desintegración

 

 

 

 

 

 

 

 

Un organismo existe 

hasta que comienza a existir
pues la vida es el síntoma
que anuncia su muerte

(la nada es la isla
que alberga la eternidad)

 

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Cráneo #180: Giovanni Rodríguez

 

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Giovanni Rodríguez (San Luis, Honduras, 1980)

Estudió Literatura en la UNAH-VS, en donde imparte clases de literatura hondureña, centroamericana y latinoamericana. Ha publicado los libros de poesía Morir todavía (2005), Las horas bajas (2007) y Melancolía inútil (2012), la novela Ficción hereje para lectores castos (2009), los ensayos de Café & Literatura (2012) y los cuentos de La caída del mundo (2015). Obtuvo en 2006 el Premio Hispanoamericano Juegos Florales de Quetzaltenango, Guatemala, el 1er. Lugar del Certamen de Poesía La Voz + Joven, de Madrid, España en 2008, el Premio del I Certamen Hispanoamericano de Cuento Ciudad Ceiba 2014 y el Premio Centroamericano y del Caribe de Novela “Roberto Castillo” 2016 con la novela Los días y los muertos. En 2010 participó, en representación de Honduras, en el Festival Internacional de Poesía de Granada, España.

 



 

Azul con fondo gris

Yo te consagro Dios, porque amas tanto,
porque jamás sonríes, porque siempre
debe dolerte mucho el corazón.

C. Vallejo

De lejos,
luz hostil,
ociosa luz,
antigua luz,
viene de lejos a dejarnos una piedra en la mirada.
Pesada sombra llora gota a gota
y sombra es
y luz
y noche entera.

Tiene la garganta el hábito del fuego,
instante de pájaros violentos
que vuelan
contra la calma de los días aciagos;
pero algo vuelve,
vuelve,
hecho ceniza,
al margen de este día.

Sangre añeja de las venas ebrias,
todavía se revuelve en el pecho
como un animal ebrio y malherido.
La sangre viste el color de los atardeceres
y se llenan de espinas los caminos.

Lejos,
más lejos que esta sensación de lejanía,
de distancias borradas,
alguien niega su propia transparencia.
Aquí, al fondo,
bajo esta gloria de espuma que es la música celeste,
su voz no es más que una burbuja,
un balbuceo,
un agua que se rompe.

Soy Adán,
un hijo de su hijo una y mil veces,
tengo en mi boca el jugo de la fruta prohibida;

soy Caín,
el que inventó el rencor sobre la tierra.
He matado en él mi último fruto
y el agua de la culpa ya no cae de los ojos.

Se nos apaga, él, se nos apaga
con la muerte del sueño de los hombres.
No vuelva más.
Vuelva a su cielo,
a sus cómodas nubes
y sea lluvia
o la exacta brisa que remueve las hojas.

Aquí nacimos,
en medio de la hierba,
del olor a tierra,
en medio de otros huesos hechos polvo.
Aquí hemos de crecer,
como los días,
a la altura del sol,
todos los días.
Aquí el instante es para siempre,
hasta morir,
hasta no ser más que una sombra
o un suspiro,
un último latido en medio de los besos.

Niegue su oído al sonido traicionero
de este viejo corazón envilecido.
No exista más;
aquí su nombre es sólo el murmullo de unos labios.
Bastan los días que nos hacen amar,
odiar,
rendirnos a unos labios
o declararle la muerte a nuestros propios ojos.
No exista más,
corte los hilos
y sople de una vez aliento a estas viejas marionetas.
Alguna vez
esa vieja corona doblará sus espinas
para no decir sangre;
entonces,
cada hombre
empezará a fundar sus propias cicatrices.

 

 

 

 

 

 

 

 

Yo soy el que soy
Acojo tempestades en mi boca de sed y arena oscura, gritos para el silencio de mi esqueleto
enmudecido.
Camino sobre filosas piedras cuando es preciso andar sobre las aguas.
Soy eso que se busca o se persigue con el dorso de una mano.
Soy el mal, el fraterno mal: el afán innombrable, el eros sangriento que la razón evade.
Desde uno de mis ojos mira el odio y en el otro exhibe el fuego su locura.
Vengan la furia, el celo, la dulce amargura de unos labios malditos; hay que amar fieramente en estas noches de tedio.
Que no cesen la sangre y su ira latente, aún si el tiempo es obra de unos dioses dormidos; en mis manos violentas se deshacen los cuerpos y vuelven a crecer con nuevos corazones.
Soy el mal, el fraterno mal; ¿quién en la hora adversa me persigue?, ¿quién se arrastra y me nombra con lengua lisonjera?
Escupo las palabras, salta mortalmente el odio de mi boca.
Soy el mal, el fraterno mal, la mitad aborrecible, tu mitad prohibida.

 

 

 

 

 

 

 

 

Ser / No ser

Ser poeta.
Ser poeta y esperar, tener esperanza aún, tenerla siempre.
Ser poeta y amar con increíble fuerza las cosas más pequeñas.
Decir así, siendo poeta, que la vida es inventario de instantes dolorosos, recuento de pasiones no correspondidas, de tragedias sin fin, de incertidumbres, y aún así, siendo poeta, sonreír amablemente porque es hermosa la vida…
Alojar en el pecho todas las desdichas, los golpes cotidianos, las infamias ajenas; robustecer de esa manera el corazón; acumular ternura, amor, cariño, etcétera.
En resumen, ser infinitamente triste, melancólico, un hombre sin fortuna.
Ser poeta y hablarle al mundo connotativamente.
Asumir que uno no es uno sino todos.
Dedicarse por entero a la poesía, a transformar la lluvia en llanto, el aire en breves caricias de la tarde, el más prosaico acto de la vida en una imagen poética.
Todo eso, sí, es ser poeta, según los cánones de la alta academia del espíritu, pero yo he decidido ya no serlo, si alguna vez lo fui, si alguna vez creí ser Dios, como en ese poema cursi de Huidobro.
Mejor no ser poeta.
Ser sólo un hombre común que silba mientras anda.
No tener esperanza porque es mucha esperanza para tan poca vida.
No ser poeta y amar apenas las cosas necesarias.
No pronunciar jamás palabras tristes o cursis o sacadas de un libro de autoayuda, ni sonreír
con estoicismo ante el desastre, ni intentar ver lucecitas al final del largo y tenebroso túnel de la vida.
Mejor no decir nada, cerrar la boca, o abrirla sólo para las cosas serias o infinitamente divertidas.
Y desterrar del pecho la melancolía.
No ser poeta y hablarle al mundo denotativamente.
Saber que yo soy yo, no pretender ser tanto ni tantos ni ninguno; a un hombre le basta su propia mísera existencia.
Dedicarse a otra cosa: a practicar el amor del cuerpo a cuerpo, el tiro al blanco, dedicarse al sano aprendizaje de decir “yo quiero una cerveza” en el idioma de Kafka.
Aficionarse al fútbol y a la novela negra o de aventuras, aprender a bailar salsa para no aburrirse el día de la fiesta.
Todas ellas, cosas muchísimo más interesantes y sensatas que escribirle poemitas a las musas.

 

 
 

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Cráneo #174: Gustavo Campos

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Gustavo Campos (San Pedro Sula, Honduras, 1984)

Es premio Centroamericano de Novela Corta 2016 con la novela El libro perdido de Eduardo Ilussio Hocquetot, obra que quedó entre las tres finalistas del 1er Certamen Centroamericano de novela Roberto Castillo. Ha publicado poesía, novela y cuento y elaborado antologías. Sus libros son Habitaciones sordas (Letra Negra; Guatemala, 2005); Desde el hospicio (HN, 2008); Los inacabados (HN, 2010); Katastrophé (HN, 2012); Entre el parnaso y la maison. Muestra de la nueva narrativa sampedrana (HN, 2011); Cuarta dimensión de la tarde. Antología de poetas hondureños y cubanos (Coedición, HN, 2011); Tríptico del iris de Narciso (2014). 3er y 2do lugar en el “Premio Nacional Europeo Hibueras”: en relato con Los Inacabados (2006) y en poesía con Tríptico del iris de narciso (2013), respectivamente, patrocinado por las Embajadas de Francia, España, Italia, Alemania y la Delegación de la Unión Europea en Honduras.

Incluido en las antologías: “Puertas abiertas. Antología de poesía centroamericana” (Sergio Ramírez; Fondo de Cultura Económica de México, 2011); en “4M3R1C4 2.0” Novísima poesía latinoamericana. 40 Poetas representativos de América Latina nacidos entre 1980 y 1990 (Héctor Hernández Montecinos; México, 2012); Voces de América Latina (Comp. María Palitachi; Texas, USA, 2016); Voces de América Latina III (Comp. María Palitachi; Texas, USA, 2016)  y en Un espejo roto. Antología del nuevo cuento de Centroamérica y República Dominicana (Comp. Sergio Ramírez, GEICA y Goethe Institut Mexiko, 2014) y su edición al alemán Zwischen Süd und Nord. Neue Erzähler aus Mittelamerika (Entre Sur y Norte. Nuevos narradores de Centroamérica.) (Sergio Ramírez; Unionsverlag, Zürich, 2014). Han sido incluidos poemas suyos en la Revista Caravelle (Université de Toulouse 2 Le Mirail. Francia. 2011) y en la antología homenaje a Raúl Zurita en la revista La Galla Ciencia (N. 6, España). En 2010, invitado a participar en el proyecto “1975”. Antología-catálogo del futuro de la literatura en español. 50 autores representativos de la producción literaria joven de América Latina y España, por el escritor y crítico Jorge Carrión cuyo objetivo de la selección era hacer una antología del futuro de la literatura en español.” Dentro de su selección desfilan nombres importantes de la literatura actual: Elvira Navarro, Rita Indiana, Santiago Roncagliolo, Rodrigo Blanco, Rodrigo Hasbun, Alejandro Zambra, Lucía Puenzo, Gabriela Wiener, Paula Piedra, Ana Harcha, Andrés Neuman, Maurice Echeverría, Eunice Shade, entre otros.

Traducido parcialmente al francés, alemán, inglés y portugués.



Y abandoné los grandes edificios

a mí me dijeron que podía hacerlo
que sería grande
que escribiría verdaderos versos
versos de calidad innegable
versos arrancados del ser humano
y que saldría volando
que podía hacerlo
y me iniciaron
alcé vuelo y tropecé en las ramas
el sol me devolvió de una vida ensoñada
me usaron
se rieron
y decidí convertirme en un pequeñodioscobrasalarios
y me dijeron que podía hacerlo
que sería un gran obrero
pero que debía esforzarme
que olvidara a Baudelaire y lo que pensaba Bataille
que todo lo que se piensa es en balde
y no es nada
sólo sueños
hacé las de Rimbaud
y tampoco pude enraizar mis pies al ras del suelo
y decidí escribir y abandonar las frases ornadas
y el espejo de esas frases
me aburrieron los versos familiares
y esa tendencia tonta de integrarse a un canon
y pensé
a la poesía ya no le hace falta reinventarla
sus máscaras han sido agotadas
y abandoné los grandes edificios
y las sombras y pensé en Girondo
unos ingenuos vieron a la poesía como puta
e hicieron chillar las frases
el poeta debe abandonarse
inventar su historia
dejar las brumas gallos ríos y laderas descansando
para el tratado de flora y fauna
no hacerse el mártir
ni hacerse el erudito geólogo y teólogo
no hablar de mares ni de cosas diversas
no hablar de flores y aquello que se le parezca
dejar de torcerle el cuello al cisne al cuervo al gallo
y a la amada dejarla plena por fin sexuada
nada de versos románticos ni de llantos y alboradas
la poesía si es así es accesoria innecesaria
es nada cuando sólo está hecha de palabras
es nada cuando sólo es un tratado de gramática
es nada incluso cuando te la dan deshilachada
el desencanto es también tendencia herrumbrada
hablar de patrias y de amor a la patria
no hay que fingir tampoco ser el Papa
la poesía sólo sacia por segundos
de un libro de poemas sólo se recuerda un verso o una palabra
incurro en todos los defectos de esta fábrica mal remunerada
pero ya no importa
no tengo chamba
y celebro mi hambre
que vivan mis pequeñas alas de gigante

 

 

 

 

 

 

 

 

Q20

No soy más poeta, sino un hombre.
Seguid mi construcción entonces.
[…]
Escarabajo azul.
Las lágrimas son libres.
Y la sonrisa es tuya como un campo libre.
Y el amor es tuyo en este valle de muerte.
Escarabajo azul.
La poesía muere cuando muere alguien.
Las avenidas van y vienen.
En el tiempo convergen las calles.
A cien metros la cantina. A diez metros la muerte.
Escarabajo azul.
Es cierto, la poesía cuando no muere tiene guantes forenses.
El moderno edificio ¿Sabes dónde se esconde?
Diríase que en una ciudad se protege el misterio.
Como el tiempo que está sin tiempo.
Escarabajo azul. Escarabajo.
Las pestañas crujen como robles.
Escarabajo azul. Escarabajo.
Deja que los hombres conversen.
Un lirio desciende.
Y es mecido por su madre en el viento.
Bajo el sol yacen los cuerpos.
Bajo el sol se hunden.
Aquí sólo la noche florece.
¡Ah! ¡Las nuevas calles…!
Es preciso recordar que donde
un hombre muere,
estuvo la mano de otro hombre…
Las pestañas crujen como robles.
Un lirio es mecido por su madre en las afueras del valle.
Escarabajo azul. Escarabajo negro.
Una montaña nos vigila con sus árboles.
La noche se hunde en los bordes de la muerte.
Se hunde en lo profundo del instante.
Escarabajo azul. Escarabajo negro. Gris es el nombre.
Recordemos el abrazo sólo cuando es preciso recordarlo.
¿Nos bastan nuestros ojos para creer en el milagro?
¿Nos bastan para cargar un hombre?
Los lirios descienden en el valle.
Descienden. Escarabajo azul. Y más escarabajos.
Cruel es la poesía y cruel la cruz.
Las lágrimas son libres.
Pero tu sonrisa no.
Ya no es tuya como un campo libre.
La pérdida es la otra sombra que envuelve al hombre.
Como robles crujen.
Se rompen como robles. Se rompen las pestañas.
La ternura es un lago limpio y el viento ha sangrado.
Pero el tiempo tiene la otra mano de la muerte.
El sol muere y las hojas mueren al morir un pájaro.
El hombre es ausencia.
La corbata guía al hombre al automóvil y el timón lo guía hasta su casa.
Su casa es como la muerte.
Una gota se abalanza. Ya viene. Ya viene. Descansa.
Los escombros corren calle abajo.
Calle abajo está la muerte.
Las mujeres mueren a manos de un borracho.
La avaricia se cuece en la humedad.
Escarabajo azul. Escarabajo negro.
El edificio es más grande que la sombra, pero más débil.
Viene para abajo. Ya viene.
La sombra asola la música que se mezcla en las calles.
La madre camina con sus pies de mármol la desesperanza.
Y los lirios descienden. Caen.
Y el niño es mecido como un edificio que se cae.
Catástrofe. Azul escarabajo.
Es cierto, la poesía muere cuando muere alguien.
Pero por lo menos deja que los hombres conversen en las calles.
Sic. […]
Amo, creo y espero;
y poesía, no destrucción, necesita el hombre.

 

 

 

 

 

 

 

 

Desde el hospicio

Me alimento de poetas
que fracasaron en su vida,
de aquellos que prefieren un verso
a los labios de la mujer que aman.

De los que construyeron a la orilla del mar la fe,
como de la soledad su tumba. De aquellos a los que no dije:
las esperanzas son un laberinto disfrazado de atajo.

De a quienes les soplé una órbita de tristezas
y quedaron atrapados
en el centro del misterio, como dentro de un remolino.
De esos me alimento.

Soy bestia: lanzo pecados.
Derribé gigantes en la era de David.
Convertí en monstruos los molinos
y las piedras en pan.

Soy el sol que entra en los humanos,
y después, cuando ha recorrido su cielo,
les deja un monstruo por ocaso.

Escojo, al azar, poetas
y los convierto en tristes o exultantes.

Me alimento de poetas
porque ellos creyeron que me hacían cuando sólo fueron mi reflejo.

 
 

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