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Cráneo #16: Gabriela Vargas Aguirre

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Gabriela Vargas Aguirre (Guayaquil, Ecuador, 1984 )

Poeta y Diseñador Gráfico. Mención en el V Premio Nacional de Poesía Joven Ileana Espinel Cedeño 2012.
Textos suyos aparecen en Cartoneras de Bolivia, Perú, Ecuador y México. En las memorias del Festival Internacional Desembarco Poético en los años 2012, 2013 y 2014,
Bandada: Actualidad de la poesía ecuatoriana (Campaña de Lectura Eugenio Espejo, 2014). Ha participado en la Feria Internacional del Libro de Guayaquil y Quito.

Contemplación

 

A mi madre, mi primer ejemplo suicida

Siempre estabas mirando por esta ventana

el edificio naranja en la mañana

que se desarma en distintos tonos naranjas cuando el sol golpea.

Siempre, de afuera se acercaba remando un ruido

que era casi un silencio

que burlaba las espirales del incienso

(a veces jazmín, a veces mirra, a veces rosa)

que invadía tu cuerpo de nave

que se parqueaba siguiendo otros itinerarios

con otras familias

en una quinta luna

celeste luna

nombrada en otros dialectos (CHANDRA)

mientras yo zapateaba con mis pies chuecos intentando colarme en tu viaje.

Siempre estabas mirando por esa ventana,

precisamente aquella ventana

con toda la cabeza envuelta en chales

de tonos orientales para amarrarte de alas al nido.

“Es para no dejar que se salga el cosmos”, me decías

encaramada en la persecución de una excusa para matarte(me)

para pensar, indagar, creer y aferrarte

a un mantra que está detrás del vapor de una nube

en el altar de dios con cabeza de elefante

lejos, donde las estrellas se vuelven azules

se enfrían

titilan y mueren.

***

Cualquiera que nos hubiera visto

desde fuera habría creído que éramos felices.

***

Anochece y sigues pegada a la misma ventana

y a veces está cerrada

y a veces su reflejo te aclara y me deja verte más adentro

y te miro por encima

y te ves más distante que otro planeta

y te miras en el espejo

y la cara te cambia

como si te hubieran apretado lo que te quedaba de alma

en otro pedacito de espacio en el que te deformas

y se te caen las manos

y la boca

en la contemplación de tu ser de agua

que busca fundirse con dioses vestidos de seda

( a veces índigo, a veces celestes, a veces azules)

de múltiples manos

y uñas pintadas

(a veces rosas, a veces rojas, a veces dedos en llamas)

que entonan flautas y danzan al ritmo de tambores

y entonces mi corazón se apaga

porque no contemplas tu sangre

derramada en piso,

y mis manos te buscan y solo siento

el sonido primordial que eres y somos:

la nada y el blanco.

***

He querido saltar por esa ventana

todas tus ausencias

todas las veces.

R

A Reinaldo Arenas

El Hombre se inicia en un poema cuando por primera vez escribe sobre un árbol, un arbusto se nos arrima, de algún lado nos llega una hoja: un papalote extraviado que espera atarse nuestros dedos una línea que siempre serán más líneas para hacerte un cuento que hablara de nosotros confabulando.

El hombre se inicia en un poema cuando está por encima de los sueños de los niños de ojos colorados, de hambre de manos y de uñas que ahora marcan una plegaria en los troncos que luego será el fuego que aún no conocemos.

El hombre se inicia en un poema cuando se ensucia las manos, se astilla y sangra, ese encuentro con la ruptura que es conversa, que es confusa que es el inicio de los que no pueden ver ni tocar una burbuja que es una canción que escapó de mi para robarte:

Para soñar con ser esos niños que atrapan el mar y se lo guardan todo en el pecho.

Para dejar crecer más allá del cielo las flores.

Para permanecer de pie contra todas las fauces.

El hombre se inicia en un poema cuando se sienta sobre el mar y lo reescribe.

No he vuelto a escribir.

No he vuelto a escribir,  de todas formas traigo esta gran bestia

Que son oraciones que aparecen a lo que camino y que se guardan

que parece que tuvieran que decirse con urgencia, pero no,

no son dichas, solo soy yo y el silencio.

Solo estoy yo y el frío y el silencio.

Solo estoy yo con mis recuerdos y el pasado que al crecer se volvieron algo muy malo.

Algo para no decirse, algo para ocultarles a mis mayores.

Por eso traigo esta noche esta gran bestia.

Que camina tranquila, arrastrándome a dormir durante el día

doblándome la espalda, hincándome los talones

Y aunque salen de mí las palabras como con la luz la voz de los ríos

Me callo.

Me callo porque esto no ha de decirse.

Me callo porque de decirse heriría al infante que fui, a la adolescente que fui, a la madre que no fui.

A la sangre que olvidé y que hoy me espera.

A la sangre que dejé encerrada y que hoy me espera, que me llama constantemente, que me

busca como si fuera su último recuerdo.

Por eso solo soy yo,

el frio

el silencio y el teléfono apagado.

La puerta cerrada. La boca cerrada.

Una larga excusa de cristal para los conocidos.

De todas formas traigo esta gran bestia.

Que apenas puede sostenerse conmigo en el silencio.

Que no se atreve a irse, que sostiene en sus manos unos gramos más de tiempo.

Que apenas puede ir al baño a mirarse al espejo y arrepentirse.

No me han encontrado como antes por los corredores de la casa.

No me han encontrado, como entonces, riéndome de todos los colores.

No he vuelto a escribir desde entonces.

Porque traigo está gran bestia que me dice que esperemos hasta mañana:

Y mañana se desdobla.

Y bien podríamos dormir para siempre y bien podríamos morir esperando.

La gran bestia y yo en el frio y en el silencio.

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