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Cráneo #180: Giovanni Rodríguez

 

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Giovanni Rodríguez (San Luis, Honduras, 1980)

Estudió Literatura en la UNAH-VS, en donde imparte clases de literatura hondureña, centroamericana y latinoamericana. Ha publicado los libros de poesía Morir todavía (2005), Las horas bajas (2007) y Melancolía inútil (2012), la novela Ficción hereje para lectores castos (2009), los ensayos de Café & Literatura (2012) y los cuentos de La caída del mundo (2015). Obtuvo en 2006 el Premio Hispanoamericano Juegos Florales de Quetzaltenango, Guatemala, el 1er. Lugar del Certamen de Poesía La Voz + Joven, de Madrid, España en 2008, el Premio del I Certamen Hispanoamericano de Cuento Ciudad Ceiba 2014 y el Premio Centroamericano y del Caribe de Novela “Roberto Castillo” 2016 con la novela Los días y los muertos. En 2010 participó, en representación de Honduras, en el Festival Internacional de Poesía de Granada, España.

 



 

Azul con fondo gris

Yo te consagro Dios, porque amas tanto,
porque jamás sonríes, porque siempre
debe dolerte mucho el corazón.

C. Vallejo

De lejos,
luz hostil,
ociosa luz,
antigua luz,
viene de lejos a dejarnos una piedra en la mirada.
Pesada sombra llora gota a gota
y sombra es
y luz
y noche entera.

Tiene la garganta el hábito del fuego,
instante de pájaros violentos
que vuelan
contra la calma de los días aciagos;
pero algo vuelve,
vuelve,
hecho ceniza,
al margen de este día.

Sangre añeja de las venas ebrias,
todavía se revuelve en el pecho
como un animal ebrio y malherido.
La sangre viste el color de los atardeceres
y se llenan de espinas los caminos.

Lejos,
más lejos que esta sensación de lejanía,
de distancias borradas,
alguien niega su propia transparencia.
Aquí, al fondo,
bajo esta gloria de espuma que es la música celeste,
su voz no es más que una burbuja,
un balbuceo,
un agua que se rompe.

Soy Adán,
un hijo de su hijo una y mil veces,
tengo en mi boca el jugo de la fruta prohibida;

soy Caín,
el que inventó el rencor sobre la tierra.
He matado en él mi último fruto
y el agua de la culpa ya no cae de los ojos.

Se nos apaga, él, se nos apaga
con la muerte del sueño de los hombres.
No vuelva más.
Vuelva a su cielo,
a sus cómodas nubes
y sea lluvia
o la exacta brisa que remueve las hojas.

Aquí nacimos,
en medio de la hierba,
del olor a tierra,
en medio de otros huesos hechos polvo.
Aquí hemos de crecer,
como los días,
a la altura del sol,
todos los días.
Aquí el instante es para siempre,
hasta morir,
hasta no ser más que una sombra
o un suspiro,
un último latido en medio de los besos.

Niegue su oído al sonido traicionero
de este viejo corazón envilecido.
No exista más;
aquí su nombre es sólo el murmullo de unos labios.
Bastan los días que nos hacen amar,
odiar,
rendirnos a unos labios
o declararle la muerte a nuestros propios ojos.
No exista más,
corte los hilos
y sople de una vez aliento a estas viejas marionetas.
Alguna vez
esa vieja corona doblará sus espinas
para no decir sangre;
entonces,
cada hombre
empezará a fundar sus propias cicatrices.

 

 

 

 

 

 

 

 

Yo soy el que soy
Acojo tempestades en mi boca de sed y arena oscura, gritos para el silencio de mi esqueleto
enmudecido.
Camino sobre filosas piedras cuando es preciso andar sobre las aguas.
Soy eso que se busca o se persigue con el dorso de una mano.
Soy el mal, el fraterno mal: el afán innombrable, el eros sangriento que la razón evade.
Desde uno de mis ojos mira el odio y en el otro exhibe el fuego su locura.
Vengan la furia, el celo, la dulce amargura de unos labios malditos; hay que amar fieramente en estas noches de tedio.
Que no cesen la sangre y su ira latente, aún si el tiempo es obra de unos dioses dormidos; en mis manos violentas se deshacen los cuerpos y vuelven a crecer con nuevos corazones.
Soy el mal, el fraterno mal; ¿quién en la hora adversa me persigue?, ¿quién se arrastra y me nombra con lengua lisonjera?
Escupo las palabras, salta mortalmente el odio de mi boca.
Soy el mal, el fraterno mal, la mitad aborrecible, tu mitad prohibida.

 

 

 

 

 

 

 

 

Ser / No ser

Ser poeta.
Ser poeta y esperar, tener esperanza aún, tenerla siempre.
Ser poeta y amar con increíble fuerza las cosas más pequeñas.
Decir así, siendo poeta, que la vida es inventario de instantes dolorosos, recuento de pasiones no correspondidas, de tragedias sin fin, de incertidumbres, y aún así, siendo poeta, sonreír amablemente porque es hermosa la vida…
Alojar en el pecho todas las desdichas, los golpes cotidianos, las infamias ajenas; robustecer de esa manera el corazón; acumular ternura, amor, cariño, etcétera.
En resumen, ser infinitamente triste, melancólico, un hombre sin fortuna.
Ser poeta y hablarle al mundo connotativamente.
Asumir que uno no es uno sino todos.
Dedicarse por entero a la poesía, a transformar la lluvia en llanto, el aire en breves caricias de la tarde, el más prosaico acto de la vida en una imagen poética.
Todo eso, sí, es ser poeta, según los cánones de la alta academia del espíritu, pero yo he decidido ya no serlo, si alguna vez lo fui, si alguna vez creí ser Dios, como en ese poema cursi de Huidobro.
Mejor no ser poeta.
Ser sólo un hombre común que silba mientras anda.
No tener esperanza porque es mucha esperanza para tan poca vida.
No ser poeta y amar apenas las cosas necesarias.
No pronunciar jamás palabras tristes o cursis o sacadas de un libro de autoayuda, ni sonreír
con estoicismo ante el desastre, ni intentar ver lucecitas al final del largo y tenebroso túnel de la vida.
Mejor no decir nada, cerrar la boca, o abrirla sólo para las cosas serias o infinitamente divertidas.
Y desterrar del pecho la melancolía.
No ser poeta y hablarle al mundo denotativamente.
Saber que yo soy yo, no pretender ser tanto ni tantos ni ninguno; a un hombre le basta su propia mísera existencia.
Dedicarse a otra cosa: a practicar el amor del cuerpo a cuerpo, el tiro al blanco, dedicarse al sano aprendizaje de decir “yo quiero una cerveza” en el idioma de Kafka.
Aficionarse al fútbol y a la novela negra o de aventuras, aprender a bailar salsa para no aburrirse el día de la fiesta.
Todas ellas, cosas muchísimo más interesantes y sensatas que escribirle poemitas a las musas.

 

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Cráneo #167: Mayra Oyuela

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Mayra Oyuela (Tegucigalpa, Honduras, 1982)

Poeta y gestora cultural, ex miembro fundador del colectivo Paíspoesible y Artistas en Resistencia, actualmente es co-editora del sello editorial Casasola editores y dirige la revista de Cultura y Política Lastiri, co produce el Festival multidisciplinario de arte, (FIMNH) Mujeres Nuevas Historias y el proyecto Polilla Tóxica.

Ha publicado los poemarios: Escribiéndole una casa al barco y Puertos de arribo (Casa de Poesía, Costa Rica)

Ha participado en números festivales de Iberoamérica. Su trabajo aparece en diferentes revistas y antologías internacionales, entre estas destacan: 2017 Nueva poesía contemporánea (Buenos Aires, Argentina); 4M3R1C4: Novísima poesía latinoamericana (2010) Cantos de Sirenas, compilación iberoamericana de poesía femenina (México, 2010); Puertas abiertas, Antología de poesía centroamericana Fondo De Cultura Económica (FCE) de México; Antología iberoamericana “Barcos Sobre el Agua Natal” (México/España); Dossier de poesía centroamericana nr.16 Poet (Alemania); Hijas de Diablo, hijas de Santo, poetas hispanas actuales, entre otras.

Parte de su obra ha sido traducida al francés, catalán, italiano, alemán e inglés.

 



 

 

1

Vi a una mujer emerger de la piedra
vi a la piedra emerger de la mujer
vi su furia de tierra
su fuga de arena
su derrame de viento nostálgico.
Vi la distancia entre ambas
el abismo de los siglos
la mueca torcida en el golpe seco
de los confines.
Vi la tribulación,
lo cíclico de un mundo brotado de la tierra.
Pero la piedra que brota de una mujer
sabe vencer las masas de tiempo que la acongojan
sabe lijar la fe del agua que labra la hendidura.
Para que sangre la piedra
primero debe sangrar la mujer
para que sangre la mujer
primero debe comer de la tierra
su partícula más imperfecta
y así parir hombres húmedos
que surjan de su polvo.

 

 

 

 

 

 

 

3

A Francisco Ruiz Udiel

La vida duró lo que dura un vaso frío
al salir de la nevera.
La muerte es una soledad que no se cura.
A veces las cosas tristes nos recuerdan que somos tránsito
que somos la posibilidad de dialogar con el silencio
que somos conflicto.
La muerte es un aplauso solitario en el cine
y nos alerta que hay que ir más allá de las palabras
más allá de los altavoces de la nostalgia.
La muerte es un colibrí que ve en cámara lenta todo
y el mundo como tal es otra cosa.
Es un agua llena de furia
empujando con ternura
la barcaza a la orilla del abismo.
La muerte nos descubre otras muertes
con las que debemos aprender
a seguir viviendo.

 

 

 

 

 

 

 

 

4

Cuando la cima queda en el fondo del mar
y el fondo es la cúspide de un universo oculto
que apenas emerge
porque este mundo de paradojas
asemeja la cima de un hombre
que escala a la inversa de otro que se hunde.
Porque la muerte de un hombre
no es sólo la muerte de uno, sino la muerte de todos los hombres.
Porque vivir es la causa
porque en paralelo vamos
dos que se buscan
y están de frente sin verse.
Dos corrientes que en mutuo acuerdo de silencio van
una gota que ronda el cielo
y otra que roza al suelo.
Y el centro de la vida es como un árbol a la orilla de un río
donde las tristezas nunca se sabe
sin son más hondas en sus raíces o en su reflejo.

 
 

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Honoris Cráneo #6: Rolando Kattán

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Rolando Kattán (Tegucigalpa, Honduras, 1979)

Poeta, editor, gestor cultural y miembro de la Academia Hondureña de la Lengua. Ha publicado los libros de poesía Exploración al Hormiguero (Sexta Vocal, Tegucigalpa, 2004); Poemas de un Relojero (UCR, San José, 2013); Animal no Identificado (Honduras, 2013. Gattomerlino, Italia, 2014). Parte de su obra ha sido traducida al francés, árabe, italiano, chino e inglés. Es Premio al Voluntariado Cultural 2011 por la Secretaría de Cultura, Artes y Deportes de Honduras, la Embajada de España en Honduras, el Programa de Voluntarios de las Naciones Unidas, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Ha sido reconocido con el Premio Othli por la Secretearía de Relaciones Exteriores de México y el Instituto de los Mexicanos en el Exterior y Mención de Honor en el Premio Bienal de Poesía Rubén Darío 2013.



 

 

El árbol de la piña

Al salir de Palestina,
quería encontrar en estas tierras el árbol de la piña,
imaginaba un árbol frondoso,
parecido al que situó Dios en el paraíso.
Abandonó su tierra
con la esperanza de una nueva
y no encontró lo que esperaba.
En este poema, mi abuelo,
puede recolectar piñas de la copa de un árbol,
porque en un poema
pueden crecer incluso los árboles que no existen,
los milenarios frutos y hasta el país natal.
Sin embargo, insisto.
(Lo que quiero que aquí retoñe
no es el árbol, sino la esperanza
de que todavía hay un sitio
donde abundan los árboles de piña).

 

***Texto tomado de Otredad

 

 

 

 

 

 

 

TRATADO SOBRE EL CABELLO

todas las cosas grandes
inician con una idea en una cabeza despeinada
como pudo –por decirlo así- crear Dios el universo con una cabeza engomada
¿qué habría hecho Noé adentro del arca con una cabeza de mayordomo
o Jesucristo en el monte si sus cabellos no se hubiesen entrelazado con el viento?
Heráclito salió del río tan despeinado como Arquímedes de la bañera
y a Sócrates y a Platón les crecía sobre su calvicie una cabellera desorbitada
es sabido que Homero murió arrancándose los pelos de desesperación
y que Cervantes Quevedo y Góngora se peinaban
como Shakespeare solamente el bigote
Juana de Arco ardió más fuerte en la hoguera por su aguerrida cabellera
y en la antigüedad
los primeros hombres en sembrar el café y el maíz
los chamanes y los sacerdotes
los que tallaron en las lejanas piedras los primeros poemas
todos son parte de los anónimos despeinados de siempre
después
a Newton lo despeinó una manzana
a Tomás Alba Edison la electricidad le puso los pelos de punta
Bach disimulaba su melena con una peluca
y Leonardo Da Vinci se despeinaba también las barbas
todos los ángeles del cielo las hespérides las musas
las sirenas y las mujeres que saben volar
todos y todas tienen extensas cabelleras destrenzadas
en la historia reciente
Albert Einstein fue el más despeinado del siglo XX
y Adolfo Hitler por supuesto
el de los cabellos más ordenados
pero las cosas grandes también son cosas sencillas
como aquellos que llegan a casa apresurados por despeinarse
o los niños cuando aprenden del amor despeinando a sus madres
es obvio que los sueños nacen en las cabezas dormidas
porque siempre están despeinadas
y los amantes que sobre todas las cosas se despeinan
cuando se besan y se aman
por eso les digo:
hay que desconfiar de un amor que no te despeina

 

***Texto tomado de Animal no Identificado

 

 

 

 

 

 

 

 

Ferris Wheel

Se impone sobre el paisaje de Navy Pier, el movimiento de la noria. El ritmo se graba en las pupilas. Rostros y vagonetas, aparecen y desaparecen, cada uno con su apotegma, con su oración a modo de armónica, para levantar el día. Surgen los padres con astrolabios y amarómetros; antepasados con huesos de animales más fuertes, como recetas para mi débil osamenta; abuelas, que rezaron por mí, hasta volverse estampas. No deja de girar la noria en mi pupila, y trato de enfocar otra mirada con la mía, pero los rostros bajan y suben y se esfuman. Como todo error, como todo acierto, desaparecen, y no alcanzo a decirles gracias.

 

 

 

 

 

 

 

 

Animales blancos

Desaté la soga de una barca en el muelle. Su mansedumbre y su silencio, me recordó la imagen de un elefante echado, en cautiverio. Le leí poemas, deshaciendo los nudos que la ataban. Luego la vi alejarse mar adentro. Desde entonces escribo poemas para liberar a otras barcas atrapadas como animales blancos. Invito a los barcos de vela a declararle su amor a los pianos. El amor es posible. Yo me enamoré de una barca atada en el muelle, una barca que tal vez no saldrá nunca.

 

***Textos tomados de Ápsides

 
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Publicado por en noviembre 25, 2016 en Honduras, Honoris Cráneo

 

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Cráneo #43: Karen Valladares

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Karen Valladares (Tegucigalpa, Honduras, 1984)

Poeta, escritora, gestora cultural. Ex miembro de los talleres Edilberto Cardona Bulnes y Máscara suelta. Integró la Asociación Nacional de Escritoras de Honduras (ANDEH). Codirectora de la revista Metáfora, miembro fundador del movimiento literario Poetas del Grado Cero. Miembro de la editorial Cartonera Grado Cero. Sus textos han sido traducidos al inglés y al polaco. Ha publicado Ciudad Inversa (Grado Cero, 2010) y en las antologías Sociedad anónima (editorial pez dulce, 2007), Antología 2017 nuevos poetas contemporáneos de América Latina (Miselena Caserola, Argentina, 2010), Recopilación de poesía femenina iberoamericana (Cascadas de palabras, 2010) y Canto de sirenas, autoras iberoamericanas. Barcos sobre el agua natal, antologia de poesía hispanoamericana, del siglo XXI, editorial Litoral. Sus poemas se publicaron en destacadas revistas de literatura principales Hispanoamérica. Ha participado en diferentes festivales internacionales de poesía.


 

 

 

Tu nombre es un niño moribundo

Tu nombre

Tu nombre es un niño moribundo,
un barrilete sin cielo azul

una sonaja rota y pálida un cuchillo ensangrentado que sostiene mi mano cicatrizada
un corazón que apenas late el último silbato de la noche anterior.
Tu nombre es un carrusel que da vuelta y vuelta y vuelta
y nadie puede pararlo.
Es el último dolor de parto
el olor a hospital infantil.
La soledad de este cuarto a oscuras,
el gemido del grito.
La gritería de los pájaros nocturnos
que me traen remendado tu nombre que es de color verde.
Nada puedo decir esta noche
tu nombre es mi último himno fúnebre.

 

 

 

 

 

La casa tiene una herida

“Y si no apareces, no importa yo te doy una canción.
Si miro un poco afuera me detengo, la ciudad se derrumba y yo cantando…”
De una canción de Silvio Rodríguez

 

La casa tiene una herida, tiene lluvia en el techo, sombras acumuladas en todas las paredes, tiene voces rondando en los pasillos que no existen.
Tiene luces que se encienden y se apagan de madrugada o cuando todos duermen.
La casa tiene una herida marchitándose.
Tiene un montón de canciones viejas sonando sin parar.
Yo no vivo en esta casa, mi hijo no vive en esta casa, mi abuela, mi abuela vive en todas las casas.
Mi madre vive en esta  casa, mi padre vive en esta casa, mi hermano vive, a veces en esta casa.

Hay vocecillas pequeñas que giran en toda la casa.
La casa no es ningún barco y no navega.

La casa tiene una herida, y esa herida tiene una casa y un nombre que sabe completamente amargo.

 

 

 

 

 

Me ha traicionado la poesía 

Me ha traicionado la poesía
Se fue la palabra
La imagen,
la metáfora
Los libros buenos, y no tan buenos.
Se fue al carajo todo.
Y yo me quedo hundida en la nada.

 
 

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