
Héctor Hernándes Montecinos (Santiago, Chile, 1979)
Licenciado en Letras Hispánicas (P. Universidad Católica de Chile). Termina un Doctorado en Filosofía mención Estética y Teoría del Arte (Universidad de Chile) y otro en Literatura (P. Universidad Católica de Chile). De su proyecto total en tres partes, Arquitectura de la Mentalidad, que supera las dos mil páginas, dos ya han sido publicadas, La Divina Revelación (Ciudad de México: Aldus, 2011) y Debajo de la Lengua (Santiago: Cuarto Propio, 2° ed. 2014). A los 19 años recibió el Premio Mustakis a Jóvenes Talentos. A los 29, el Premio Pablo Neruda por su destacada trayectoria tanto en Chile como en el extranjero. Es el compilador de 4M3R1C4: Novísima poesía latinoamericana (Santiago: Ventana Abierta, 2010) y Halo: 19 poetas nacidos en los 90 (Santiago: J.C. Sáez editor, 2014). Ha aparecido recientemente en El Canon Abierto. Última poesía en español (Madrid: Visor, 2015) como uno de los 40 poetas “más relevantes de la lengua española nacidos después de 1970”.
Galicia 747
Tengo un itinerario de aves en este cuarto. No
veo más allá de las canciones
que entran por la ventana. No existe
nada aparte de hormigas y pasto afuera.
La soledad agudiza
los sentidos a niveles insospechados
pero también el sinsentido de las distancias y los recuerdos.
El tiempo pasa más rápido que el sol
sobre el techo de esta casa, huye
hacia otro pueblo de palabras entrecortadas: heridas,
sudor y a lo lejos el mar.
Nada se mueve sin mi mirada
eso pareciera decir el silencio en mi cabeza
pero no es tan así.
Precario es todo lo que pueda tirar
al punto de fuga de la invisibilidad.
No hubo amantes ni homicidios,
sin sangre siempre parece ser mediodía;
pocas visitas y fiestas frente al espejo
el paisaje sucumbe ante la atracción de las olas
que alguien sueña en el deseo.
Soy una cama en el suelo, una silla y una mesa plástica
y la vida es generosa.
La ropa se ensucia, los papeles acumulan tinta,
la piel en mí aburrida espera el veneno.
Acá la rotación y la traslación parecen no existir
más que para mosquitos y zancudos
que cantan a los átomos de que se alimentan.
Dentro mío otros pueblos han hecho panal,
en lo hondo y oscuro que es uno consigo mismo
estrangulado por el eterno retorno.
La austeridad es un enigma
que de tan pulsión
no se puede explicar en estas fronteras.
Estoy despierto a estas horas y hace frío,
el cuerpo no basta, se rompe
busca una ruta pero todo se aleja.
Nadie más vive en estas calles. Se fueron.
Quedan sus nombres que son nombres de ciudades:
Ruinas. Ruinas. Ruinas.
Ningún dios está dentro de nada.
El océano y la música se siguen oyendo
y ninguno de los dos existe. Tarareo con ellos
lo impecable del espejismo en el cual
alguien se tiende junto a mí.
Retengo mi semen en la mano
para que no sea el último en dejarme esta noche.
Creo que desamparo es la palabra,
desamparo y rencor.
Villa de Álvarez, 6 de febrero, 2013
El Fin
I
El color de los cuerpos
que caen juntos
en una misma cama
como si la trampa
hubiese estado dispuesta
hace años
en esos granitos de arena
en los ojos de los ojos
en una playa en el sol
en unas rocas en la luna
o las nubes de una galaxia
girando a todo calor
debajo de la piel.
Esta piel.
El color de los cuerpos
que se desean
bajo una misma noche
en un secreto
que de tan secreto
es una nueva luz
pero a la vez
una nueva oscuridad
entre otras piernas
que caminan hacia acá
entre las sombras
de una ciudad en ti.
Esta ciudad
Ése es el secreto.
Ése es el límite
de tu aproximación
y mi caída.
Es la pregunta
de si mañana
amaneceremos juntos
en un mundo sin mañana.
II
Te observas en el mar
como si fueras a lo lejos
el horizonte chiquito
de tus ojos
que rehúyen su propio reflejo
su propia luz
su propio anochecer.
Los barcos dices amar
y esos barcos eres tú
siguiendo la línea
que dejan las estrellas
sobre su desaparición.
Cada nuevo detalle del cosmos
lo haces tuyo
y lo ofreces sin palabras
a un dios
que también es mi dios
pero del cual desconocemos
sus colores
su saliva
su luz profunda y su pena.
Un dios sin amanecer
como esta brisa
que rasguña mis labios
con la sal
en que se han convertido
los muertos
de este deseo.
Las olas rompen en ti
como los años en mi cabeza
como las noches que pasan
entre nosotros
y no nos ven
en el vértigo de verte durmiendo
en el fondo de los corales
que no me dejan respirar
la vergüenza.
Sangro de a poco
sobre este cuaderno
me enfrío de blanco las manos.
Las estrellas allá
huelen a piel y sal.
Todo lo que es polvo
acabará esta noche
en mí.
III
Alejas cada rincón
cada meteoro
entre tu cielo y el mío
huyes del monstruo
y del fondo del mar
que ves en mí
cuando te ves al espejo.
Nos reflejamos
y no sabemos qué hacer.
Deseo y miedo
es un mismo dios.
Una misma caverna
y una misma isla.
Uno que muere cada día
cada noche
en cada naufragio.
La renuncia es otro placer
uno para desconocerse
en medio
de las ráfagas de muerte
que la historia trae consigo
sobre la geografía.
IV
Desbordas luz y no te das cuenta
quieres enterrar tu corazón
en el fondo del bosque
donde vives tú
entre los árboles
que le roban el terciopelo
a las constelaciones.
Te asesinas cada noche
y tus ojos aparecen detrás
de esas montañas al amanecer.
No son montañas
es el porvenir
de tus manos.
Estás dentro de mi nombre
y eres yo mismo en el futuro.
El amor sólo es posible
entre cadáveres.
Lo sabemos.
Pocos metros quedan
para que pasemos juntos
una eternidad
una eternidad
hasta la estrella de la mañana.
V (epílogo)
Amaneció
y la noche cósmica
ya no es más.
Ciertamente un cadáver
se despide de mí
el mismo que se frotó en mis ojos
cuando en un momento pensé
que el mundo entero era un momento.
El nuestro.
Ya no es más.
Todo ha desaparecido
con el óxido de un mar de acero.
Todo ha desaparecido
y alguien sonríe en otro país.
Ése era el secreto.
Todos los sabían menos yo.
Santiago, 21 de febrero, 2015